SEBASTIÁN AUYANET
El arte combate el capitalismo con fuerza porque comunica a través del corazón, según Kusturica. Sin mayor pretensión que esa, los balcánicos virtuosos conectaron a 5.000 montevideanos en una fiesta gitana de música multiétnica.
La mejor explicación acerca de la conexión que traza este director de cine y su banda de delirantes músicos de Sarajevo con el público, quizá haya estado al comienzo del concierto.
Dr. Nelle, cantante y principal animador, agradeció las ovaciones después de subir las revoluciones del público tras ejecutar Unza unza time. Acto seguido, llamó al trombonista de la banda y se fue a recorrer el Teatro de Verano. Llegó hasta el final del primer anillo, palmeado por los asistentes mientras cantaba con vigor y salud. Llegó hasta el cruce al segundo sector.
Dos o tres temas. Emir Kusturica y los músicos de la No Smoking sólo precisaron eso para que la gente se prendiera en su fiesta. Quedaban así olvidadas las demoras en el comienzo del concierto.
Los serbios llegaron al escenario pasadas las 22:30, después de que, en reiteradas veces, la organización pidiera al público del primer anillo que se reubicara según el sector que marcaba su entrada. Las colas, casi kilométricas al principio del ingreso, se desarmaron cuando las luces bajaron por primera vez -sobre las nueve y cuarto- para el entretenido acto de precalentamiento, cortesía de los locales Orgánica.
Las colas se desarmaron y el público bajó por las colinas al costado del escenario, motivó una vez más la pregunta de rigor: ¿Es tan complicado hacer entrar 5.000 personas en un anfiteatro como lo hay en cualquier parte del mundo? El público, que pagó $ 590 y $ 700 por cada entrada. El público, en una noche de fiesta con una banda internacional, se quejó con razón mediante rechiflas varias antes de comenzar.
el baile del caño. Pero con la banda sobre el escenario, el ambiente se convirtió en celebración. Los vientos de la No Smoking suenan mientras un chico pasa con su novia llevando una bolsa de nylon llena de latas de cerveza. Todos están, sino bailando, al menos de pie. Otro sostiene un vaso vacío en el aire y exige a nadie: "¡Gitana! ¡Más whisky!", ante la risotada de sus amigos.
Para ese entonces, la banda ya desandaba lo mejor de su repertorio. Presentadas siempre por Nelle, las composiciones de Kusturica, o de alguna de sus películas sonaban re-arregladas, preparadas para el vivo, aunque reconocibles.
La banda, quizá algo contagiada del frío, no era precisamente un torbellino, una maquinaria con el acelerador a fondo. Pero tampoco lo necesitaba. El público local, en otra clara demostración de que el problema no es de idiosincrasia sino de la calidad de los animadores, acompañó con calor a cada uno de los pedidos de Nelle, que a la mitad del show subió a una integrante del público para Romeo and Juliet. Kusturica, como buen director de cine, estuvo atento y complaciente, pero siempre mirando desde el costado. No es un guitarrista con mucha técnica, pero aporta algunos chistes con ella (tocar la intro musical de El bueno, el malo y el feo cuando van a presentar una de las canciones de Gato negro, gato blanco o engancharse a un duelo entre violín y guitarra sobre un arco gigante); además se prende en cada baile "ska" de sus compañeros con las rodillas al pecho.
Bubamara, la canción que ha inspirado fiestas con temática "gypsy", como la que llegó a la Vox Pop de Rocha este año, es el pico más alto de la noche. En cada estribillo, las manos de las 5.000 personas que llenaron el Teatro de Verano se congregan en palmas y la gran fiesta balcánica se empieza a cerrar. Nelle, punk inagotable y exhibicionista sin censuras, hizo saludar a toda la banda. La ovación para Kusturica fue unánime, pero las risas y el aplauso general más largo se los llevó él, al presentarse: "Y, señoras y señores, mi nombre es... ¡Diego Forlán!".