Y el Solís vuela con nuevas alas

JORGE ABBONDANZA

Se inauguraron en el Teatro Solís las nuevas dependencias, que son espléndidas y comprenden la Sala Zavala Muniz para 300 espectadores, junto a salones para conferencias y seminarios ubicados en el ala del edificio que bordea la calle Bartolomé Mitre.

Ingresar en esos espacios de pisos relucientes y muros de un blanco inmaculado, fue una experiencia que provocó en este viejo testigo un irreprimible vuelo hacia el pasado.

Considerando que quien escribe esta nota había entrado por primera vez al Solís en 1941 para la gran exposición retrospectiva de Juan Manuel Blanes, ese vuelo fue largo y por él desfiló mucha gente que el paso del tiempo se ha encargado de evaporar, de Alfredo Baldomir en adelante.

Más larga sin embargo ha sido la vida de esas alas laterales del teatro, en una de las cuales (sobre Juncal) funcionó un hotel y el derrumbado Cine Parlante antes de que aterrizara ahí el restaurante El Águila, que había estado previamente a poca distancia, sobre la calle Buenos Aires casi Juan Carlos Gómez.

Pero en el ala opuesta, que es la que ahora interesa, estuvo el Liceo Musical Franz Liszt y luego el diario El Plata.

Después, en la planta baja se instaló el Museo de Historia Natural -con su momia egipcia, entre otras curiosidades- y en el piso alto se acomodó la Comisión de Bellas Artes, organismo del que dependían los Salones Nacionales que allí se inauguraban puntualmente cada 25 de agosto y que durante cuadro décadas fueron el mayor acontecimiento local en materia de artes visuales, con una notable capacidad de convocatoria pública y un alcance consagratorio para los artistas que accedían a sus premios.

Los Salones fueron, por su denominación y su mecanismo reglamentario, una institución añeja. Pero cumplieron con un valioso cometido y no parece casual, como legitimación de su utilidad, que los creadores en quienes recayó el espaldarazo de sus premios hayan figurado desde entonces en una primera línea entre los maestros del arte plástico uruguayo, como Espínola Gómez, Vicente Martín, Barcala, Solari, Horacio Torres, Nantes, Cabrera, Amalia Nieto o Damiani.

Esas viejas salas albergaban asimismo grandes muestras itinerantes, como ocurrió en 1950 con el despliegue francés titulado De Manet a Nuestros Días, que por cierto atrajo multitudes con su catálogo de celebridades de cien años de la pintura mundial.

Los fantasmas de toda esa época parecían vagar en silencio por el ámbito recién restaurado, ahora que los visitantes caminan sobre tablas de flamante plastificado que no expulsan los antiguos recuerdos sino que los resucitan.

Las nuevas dependencias se suman así al funcionamiento de un teatro ilustre que ya cumplió 152 años de vida.

Ese recinto está hoy en manos de gente que lleva sus riendas con muy buen pulso, pero una visita a los espacios reabiertos que estuvieron largo tiempo clausurados, desata una doble corriente. La de apostar al futuro mientras dentro del baluarte siguen circulando discretamente los aires del pasado.

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