REBAR | BUENOS DIAS
No, no voy a hablar de JR Carrasco, sino de Juan Ramón Jiménez. Cuando leí (qué sé yo cuánto hace de eso) Platero y yo, me impregné de ternura. Tanto me encantó el asno que le tomé un cariño muy especial, al extremo de que eliminé su mención de mi repertorio de insultos, sustituyéndole por un refinado agravio: "ese tipo -por ejemplo- carece del mínimo nivel de ilustración, y es un verdadero atentado a la cultura"... definición que me costaba memorizar toda vez que debía calificar a algún ignorante, sin que tuviera la fuerza expresiva de aquellas cinco letras; ¡burro!
A raíz de la prosa conmovedora de la obra, JRJ pasó a ser mi poeta preferido. Era ideal para plagiarlo con cierto desenfado, en aquellas cartas de amor que se escribían antes de que llegara la TV. Jiménez decía -un suponer-... "Si pisas el prado, las flores azules, huelen a imposible, entre dulces luces"; uno se inspiraba, y le descerrajaba a la ninfa de turno; "Nos vemos en el Prado: las preciosas rosas, morirán a tu lado, divina mocosa". Y así uno iba haciéndose el loco, que ya de poeta tenía un poco.
Pero, toda mi idolatría por aquel ser superior, de sublime pluma, sucumbía en el error del negocio de Pluna (¡Hombre, qué me pasa! No puedo desprenderme de la rima... ¡Vamos, prosa, vuelve a mí!)
Venía diciendo que yo adoraba a Juan Ramón, pero un día me lo demolió Rosa Montero en su libro Historias de mujeres, que los varones agotaron en todas sus reediciones. Allí, la española dedica sus buenos párrafos al Diario de Zenobia Camprubí -la esposa del bardo- editado por Graciela Palau, donde se destruye la leyenda rosa que se fabricó sobre la vida de la pareja, y se muestra, al Sol y no bajo la luna de los vates, la realidad de mi poeta: en tanto "Zeno" era -antes de autoanularse, ella sí, por amor- inteligente, generosa, activa, culta y alegre, el caballero fue, siempre, una lamentable selección de adjetivos; egoísta descomunal, misántropo reseco y amargado, hombre cruel y mezquino... (y agrego yo) un megaloco vocacional. Leída tal semblanza, no dudé de que en algún escape delirante haya agarrado a las patadas al adorable Platero.
Menos mal que el burro continúa siendo en España -lejos de injustos sufrimientos- un orejudo querido: en Córdoba, existe la Casa del Burro. La reina apareció allí de visita, y con su sencillez aceptó bautizar a uno de los "habitantes" de la Fundación: luego de acariciarlo y mimarlo, cumplió con la ceremonia bautismal, y le dio al pollino un beso... real. Me gustaría saber qué nombre le puso.