Enrique Beltrán
Falta algo más de un año para las elecciones nacionales. Sumidos en el ajetreo electoral, los días se dispararán de aquí a los comicios. También lo harán la demagogia y el proselitismo político desde todas las troneras del poder, ya que casi todas están en sus manos.
Estas elecciones tienen desde este punto de vista, características especiales. Hay en ellas una desmesurada gravitación del oficialismo. La vastedad de la administración, funciona con un cerrado exclusivismo, y en medio de una brumosa cortina de niebla. Apenas empieza a desvelarse ya es grande el desacierto, o el escándalo se asoma ya maduro. Los millones y millones de pérdida de los casinos, con todo su entorno; la parálisis y el desmantelamiento por años del Hotel Carrasco, las sombrías desventuras de Pluna, son apenas muestras de un largo collar que por lo menos, en algunos de sus sectores, se quiere tomar distancia de todos ellos.
Lo cierto es que a pesar de haber convertido casi todo el Estado y buena parte de sus servicios en meros instrumentos partidarios, detrás de apariencias más o menos tersas, poco parecen haber valido hasta ahora los esfuerzos del Presidente de la República para acomodar la fórmula electoral. Aunque hay que ver todavía las vueltas que le quedan, que serán seguramente otras tantas violaciones a la Constitución que veda con perfecta claridad esa intervención política. De todas maneras cualquiera sea el final de este largo forcejeo, así como del creciente electoralismo que invade la gran mayoría de las funciones públicas el panorama en esas tiendas heterogéneas se presenta inquieto y la seguridad de la que se vanagloriaban, se le está mostrando cada vez más quebradiza. Cuánto más inquietos se pongan, es probable que sea más descarada la intervención en los más diversos engranajes oficiales a ver de asegurar su triunfo, porque su obsesión de poder se acentúa a medida que entran las dudas de obtenerlo. En las elecciones, sin embargo, otras cosas se juegan con el triunfo de los candidatos y de las fuerzas políticas que los eligen, que muchas veces pasan olvidadas a pesar de su trascendente valor. El exclusivismo soberbio del oficialismo, ha conocido muy pocas excepciones. Diversos dirigentes se alientan aún más cuando anuncian que para el próximo período necesitan vencer para acentuar las "transformaciones" de las cuales los modelos de Castro, Chávez y otros que empiezan a acercárseles, indican entre otras cosas que todas esas "transformaciones" son sobre la libertad encogida que casi siempre termina en la asfixia y en la perpetuación en el poder.
En síntesis, en estas elecciones, como ha venido ocurriendo en las últimas, lo más inquietante de su resultado es si consolidará nuestra democracia y nuestro régimen de derecho o si continuarán los conjuntados y sigilosos pasos para ver de acabar con ellos.
Quienes han tendido a vaciar las instituciones recordando la intervención del ex ministro de Economía Danilo Astori en el Senado, no ha sido la oposición sino una labor oficialista que por momentos parece apuntar a esa única finalidad.
Frente a esa realidad la reunión de la convención del Partido Nacional fue una vibrante nota de esperanza. Ésta ha sido ejemplar por su vigorosa unidad, por la coherencia de sus líderes, por el entusiasmo y la militancia de tantos jóvenes para identificarse con la responsabilidad histórica para que el país no sea patrimonio de partido alguno sino de su pueblo y de sus libertades, como emana, de los primeros artículos la Constitución de la República.