Plata dulce

JORGE ABBONDANZA

No hay mal que por bien no venga. El naufragio de Wall Street permitió frenar la orgía de sueldos astronómicos que cobraban los ejecutivos de las grandes financieras y divulgó además el monto de esos sueldos, para que la humanidad sepa cómo corrían los millones hasta que se produjo el derrumbe. Por ejemplo Richard Fuld, que era director de Lehman Brothers (la empresa cuya bancarrota fue el notición del mes pasado) cobró a lo largo de 2007 un total de 45.000.000 de dólares por concepto de retribuciones personales.

Y su colega Henry Paulson, que es actualmente ministro de Finanzas del gobierno de Bush y era antes presidente de Goldman Sachs -otro de los gigantes de Wall Street- recibió de esa firma 38.500.000 como premio retiro.

Es útil saber que los 30.522 empleados de Goldman Sachs cobraron el año pasado un promedio de 600.000 dólares por cabeza, cálculo que incluye a secretarias y ascensoristas. Alarmadas por el colapso del mundo de las finanzas, esas compañías se disponen ahora a trazar planes de austeridad según los cuales un ejecutivo no deberá ganar en adelante más de 500.000 dólares por año.

Con toda seguridad, Richard Fuld no se molestaría en levantarse de la cama para cobrar ese sueldito, considerando que hasta hace poco embolsaba 3.700.000 por mes, lo cual equivalía a 120.000 dólares por día. Por algo hay ahora bancos de inversión que están a punto de quebrar no sólo en Estados Unidos sino también en Bélgica, Inglaterra, Alemania, Holanda, Francia y hasta Islandia.

En el mejor de los casos los compran otras empresas mayores, que pagan por ellos precios de liquidación.

Un chiste que circulaba en Wall Street bautizaba a Goldman Sachs con el apodo de Goldmine Sachs (Mina de Oro Sachs), pero el desastre también castigó a esa corporación, que a fines de setiembre no tuvo más remedio que cerrar la mina y convertirse en un banco que toma depósitos a la vista, es decir una caja de ahorros. Hasta ese momento cabalgaba sobre la ruta multimillonaria de las hipotecas de alto riesgo, comprando los fondos derivados de esas colocaciones y volcándolos en otras inversiones, con lo cual hacía girar la calesita de billetes que permitía remunerar divinamente a Richard Fuld, Henry Paulson y otros ejemplares de esa especie. Como heredero del despilfarro, el Congreso norteamericano volvió a tratar ayer el aporte de 700.000.000.000 de dólares, con los cuales pretende impedir el desplome de las fachadas que todavía siguen en pie a lo largo de las pocas cuadras de Wall Street.

Setenta y nueve años después del crac bursátil de 1929, que fue la consecuencia del baile de plata dulce y de los dividendos siderales que caracterizaron a la década del 20, otro huracán barre con las finanzas mundiales y producirá un saldo parecido: desocupación, receso de los mercados, avance de la pobreza, auge de las migraciones, caída de los precios.

La pobre gente no tiene ninguna idea sobre las leyes que dominan ese mundo salvaje y sólo las descubrirá cuando arrasen con su estómago y su bolsillo. Pero en 1929 el crac tuvo efectos no solamente económicos sino además políticos, como recordarán los alemanes. En 2008 cabe esperar que después del terremoto por lo menos no aparezca un segundo Hitler.

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