Inaugurado hace dos semanas, el nuevo puente sobre el Gran Canal de Venecia ideado por Santiago Calatrava está sufriendo un record de caídas y fracturas que incrementan las polémicas que han provocado su construcción.
El puente, que costó once millones de euros (sobre los seis millones inicialmente previstos), tardó un record de nueve años en construirse, un problema atribuible no tanto al arquitecto español cuanto a los habituales problemas burocráticos que desde siempre aquejan a la ciudad lagunar.
Inaugurado el 12 de septiembre, el cuarto puente sobre el Gran Canal, después del de piedra del Rialto, el de madera de la Academia y el de madera y piedra de la iglesia de los Descalzos frente a la terminal de trenes, tiene un aspecto igual a los muchos que ha diseñado Calatrava en todo el mundo y conecta la estación de ómnibus y el parque de estacionamientos de Piazzale Roma con la estación ferroviaria.
La única diferencia con otros puentes calatravianos es la presencia de peldaños junto a una porción lisa, apto para sillas de ruedas y valijas con rueditas, a imagen y semejanza de otros puentes venecianos y por eso asombra que hasta el momento diez de los que sufrieron resbalones y caídas hayan tenido que atenderse en el hospital más cercano.
El problema es que para eludir la monotonía, Calatrava tuvo la peregrina idea de dotar a sus peldaños con anchos diferentes lo que hace que si el peatón no mira donde camina, atraído por las bellezas que se yerguen al cabo del puente, trastabilla y cae.
Precedido por polémicas más políticas que estéticas, el puente calatraviano además de haber ahorrado a los turistas que llegan a Piazzale Roma la subida y bajada de dos puentes y un largo trayecto antes de llegar a la terminal de trenes, es un objeto de belleza ("se parece a una hoja de árbol tendida" dice un admirador) digno de la ciudad que lo aloja.
ANSA