ANTONIO MERCADER
La exposición de la Rural en el Prado fue una fiesta de punta a punta. Hasta el ministro de Ganadería, cosa rara, fue ovacionado en la ceremonia de clausura. ¿Cómo hizo Ernesto Agazzi, un ex tupamaro, para ganarse los aplausos en un ambiente no siempre acogedor para los gobernantes? Muy sencillo: con una apelación a la concordia que cayó muy bien. Tan bien que dirigentes rurales y de la oposición política lo elogiaron casi hasta el exceso, síntoma de que en el país hay vías para el entendimiento, lo que resulta alentador.
"La historia no se va a ocupar de nuestras diferencias, se va a ocupar de si hemos sido capaces de convertirlas en aportes a una tarea común", fueron las palabras finales de Agazzi. Luego, en gesto espontáneo, levantó un trozo de la bandera uruguaya que estaba en el palco y dijo: "con este emblema, mi consigna es que ganemos todos". Ese golpe de efecto contrastó con la postura del grupo radical que, entre gritos contra el ministro, izó un cartel ante el palco de autoridades que decía "Muerte al latifundio". El batir de palmas fue también una expresión de respaldo al orador y de rechazo a los iracundos.
Lo previsible era que el ministro terminara enzarzado en un debate con el presidente de la Asociación Rural, Guzmán Tellechea, quien previamente criticó, entre otras cosas, el exceso de gasto del Estado, el déficit presupuestal y el atraso cambiario. No fue así porque Agazzi, en una actitud que algunos de sus colegas de gabinete debieran imitar, optó por convocar a la concordancia sorteando así la típica pelea de campanario. "Faltan muchas cosas, estamos corrigiendo errores", admitió con inusual modestia.
Ojalá lo imitaran.
Cuánto bien haría que Daisy Tourné, por ejemplo, en vez de mostrar las uñas como un acto reflejo cada vez que la censuran, apostara al diálogo y no al choque. Cuán positivo hubiera sido que el ministro Rossi y el ex ministro Astori, hubieran creado un ámbito de colaboración y no de antagonismo en la interpelación por Pluna. En suma, cuánto mejor sería que el partido de gobierno negociara y transara más veces con los demás partidos sin imponerles la mayoría automática que suele aplicarles en el Parlamento.
Embarcado en esa línea desde el principio, el gobierno hubiera integrado a blancos, colorados e independientes en los entes autónomos, lo que habría ahorrado roces y suspicacias sobre sus decisiones.
Practicando la más elemental concordancia, tampoco seguiría pendiente el conflicto por la conducción del Tribunal de Cuentas y la Corte Electoral, órganos esenciales en los que la izquierda reclama una mayor representación. Hubiera disminuido la cantidad de rencillas y cobros de cuentas como el que en estos días concreta el Parlamento cuando le niega a la Corte Electoral, en víspera de elecciones, unas decenas de funcionarios, imprescindibles para cumplir sus cometidos.
El intercambio de flores en el Prado prueba que hay momentos y temas en donde es posible interrumpir el constante toma y daca entre gobierno y oposición.
Luciano Miguens, presidente de la Asociación Rural de Argentina y uno de los adalides de la lucha del campo contra el gobierno de Cristina Kirchner, presente en la ceremonia del sábado en el Prado, quedó impresionado por la "vocación de diálogo" de Agazzi. "El problema de Argentina es que no tenemos ese diálogo", dijo.
Habría que explicarle que el problema de Uruguay es que lo exhibido por Agazzi fue una excepción.