Cataclismo

El veinte por ciento de la población mundial vive en estado de pobreza, una cifra abrumadora a la que no han podido hacer frente los países desarrollados ni los organismos internacionales, a pesar de los planes de asistencia que se han proclamado en la materia. A esta altura ya se sabe por ejemplo que no se cumplirá el "objetivo del milenio", prometido hace ocho años para reducir a la mitad la masa de pobres antes de 2015. Hasta el Banco Mundial acaba de sumarse a esa desalentadora perspectiva con un pedido de excusas, reconociendo en estos días que había errores en sus cálculos sobre la situación global de la pobreza, al anunciar que "400 millones de personas más de las que se pensaba" viven en la franja de los sumergidos y los indigentes. De acuerdo al informe emitido por esa entidad, "1.400 millones de individuos pertenecientes a los países en desarrollo, subsisten hoy con menos de 1,25 dólares por día".

Semejante panorama se sufre especialmente en África, aunque asimismo en sectores de Asia meridional (como Cambodia, Laos, Birmania o Indonesia) y por cierto en América Latina, que es una de las zonas del planeta donde las desigualdades sociales y económicas resultan más agudas. De hecho, el 40% de la población latinoamericana sobrevive por el momento en estado de pobreza, un cuadro agravado por el galope demográfico, el aumento de precio de las materias primas y el encarecimiento internacional de los alimentos, pero también por la crisis financiera mundial. Ese temible estado no sólo golpea a los desvalidos de las sociedades notoriamente arruinadas -como la haitiana- sino además a las sociedades ricas, determinando entre otras cosas que caiga igualmente la disponibilidad de esas naciones tan desarrolladas y se reduzca así su posibilidad de auxiliar a aquel bloque de 1.400 millones de seres ubicados por debajo de la línea de subsistencia. El manejo de algunas cifras al respecto es ilustrativo, aunque además pueda ser alarmante.

La Unión Europea, por ejemplo, se encuentra al borde de la recesión. Según surge del cálculo trimestral efectuado por el comisario de Asuntos Económicos y Monetarios de ese mercado comunitario, se espera que el conjunto de la UE crezca en 2008 un 1,4% y no el 2% como se estimaba hasta ahora. Problemas sombríos como el derrumbe del sector inmobiliario en el Reino Unido y España, o la reducción de las exportaciones de Alemania, pesan para aplastar esos porcentajes de crecimiento, una tendencia junto a la cual se agudizan otros renglones, como el correspondiente al desempleo, un factor que a su vez arrastra el previsible deterioro de la capacidad adquisitiva y los niveles de consumo de la población. Curiosamente, los miembros más viejos de la UE -que figuran también entre los más ricos- son ahora los que crecen menos (un 1,3%, promedialmente) aunque entre ellos hay alguno que se acerca al crecimiento cero, como Italia. La excepción es Polonia, con un 5% de crecimiento previsto para este ejercicio.

El paisaje no es más alentador del otro lado del Atlántico. A fin de año, el gobierno de Estados Unidos dejará a su sucesor un déficit presupuestario de 500.000 millones de dólares, ocho años después de haber recibido de Bill Clinton un superávit de 115.000 millones, que fue también una marca histórica en la materia. El gasto público, empujado por los costos delirantes de la guerra en Irak y Afganistán, aunque también por el cataclismo de las hipotecas de alto riesgo, desemboca en ese déficit que ya es el doble del existente en 2007 y alcanza al 3% del producto bruto interno. Lo peor es que si el próximo gobierno mantiene la política de rebaja de impuestos manejada por el actual, ese déficit podría trepar al 5% del PBI, según los cálculos formulados por el Departamento de Presupuesto del Congreso, ante la cara larga de buena parte de los legisladores.

Claro que el tambaleante panorama de las principales economías del mundo puede resultar llevadero frente al abismo económico y financiero en que se encuentran algunos países periféricos. En Zimbabwe, por ejemplo, donde el 80% de la población está desempleada y hay una desesperante escasez de suministros alimentarios, la inflación -que es la más alta del mundo- alcanza actualmente al 11.000.000% anual, según datos del propio gobierno, aunque esa cifra enloquecedora parece pequeña si se la compara con la estimada por observadores independientes, que la ubican en 600.000.000%, algo que ya resulta difícil de imaginar. Al margen de cualquier otra penuria y más allá de cualquier otro riesgo, ese es el verdadero fin del mundo.

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