Las pistolas de Batlle

ANTONIO MERCADER

Muchas historias sobre la trayectoria de este diario se recrean en estos días en que El País celebra su 90º aniversario.

Entre ellas, como siempre, la que más me impresiona es la relativa a la muerte de uno de sus fundadores, Washington Beltrán, en su duelo con José Batlle y Ordóñez a causa de un artículo publicado en esta misma página editorial.

Muchas veces imaginé la escena: de un lado, la imponente figura del ex presidente de la República; del otro, la del joven diputado vestido con ropa deportiva, ambos empuñando las pistolas de duelo, separados por veinticinco pasos, en el escenario del Parque Central. Después, cada uno que yerra el primer disparo hasta que, en el segundo intercambio, Beltrán cae herido de muerte.

De este duelo, el más célebre de los registrados en nuestro país, guardo un recuerdo personal y muy especial de lo sucedido una noche, hace unos cuarenta años, en una chacra de Melilla, propiedad de José Lorenzo Batlle Cherviere, "Pepito", nieto de José Batlle y Ordóñez. Hasta allí llegamos varios amigos invitados por el dueño de casa para el asado ritual y la inevitable partida de naipes.

No éramos más de media docena. Tiempos políticos tormentosos los de aquellos años sesenta en el Uruguay, las discusiones sobre política no se hicieron esperar. Había colorados y blancos, pero coexistíamos pacíficamente. Entre los primeros, "Pepito" Batlle, a la sazón miembro del directorio de El Día; entre los segundos, Washington Beltrán Storace, periodista de la redacción de El País.

En algún recodo de la discusión, un tercero mencionó -seguramente por descuido- el duelo Batlle-Beltrán. Se hizo un silencio de plomo en el saloncito caldeado por una estufa de leña y por la pasión de los polemistas. Entonces, "Pepito", sin disimular la tensión en su voz, le preguntó a Washington: "¿Querés ver la pistola con la que mi abuelo mató al tuyo?" Nos revolvimos todos en las sillas, atentos a lo que iba a suceder. Washington asintió y así fue que nos trasladamos en fila india hasta una habitación contigua. Una vez allí, el nieto de Batlle extrajo de una cómoda un lujoso estuche de cuero y lo abrió para que apreciáramos su contenido.

Ante nuestros ojos, sobre un fondo de terciopelo rojo, relucieron dos pistolas de apariencia aparatosa, de largo caño y fina empuñadura y -si mal no recuerdo- de marca Galand. Eran de origen francés, confeccionadas para su uso exclusivo en el campo del honor. "Pepito" las tomó en sus manos y se las entregó a Washington diciéndole: "Estas fueron". Durante algunos segundos permanecimos callados, con los ojos brillantes, conscientes de ser testigos de un episodio fuera de lo común. Allí estaban frente a frente los nietos de los dos hombres que, en una mañana de abril de 1920, se habían batido a duelo. Hubo pocas palabras y, una vez guardadas las armas, los descendientes de los duelistas se palmearon los hombros amistosamente.

Aquel saludo informal era una manera de decir que no había lugar para el rencor ni los reproches.

Aquella noche salí de la chacra de Melilla con la sensación de haber presenciado una escena entrañable. Si la recuerdo ahora -y es la primera vez que escribo sobre ella- es en homenaje a la historia de este diario, a quienes la iniciaron y a quienes la forjan día a día. Es también un homenaje a sus dos protagonistas: a Washington, hoy codirector de El País, y a "Pepito" Batlle, aquel amigo espontáneo y fraternal que murió demasiado joven.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar