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Enrique Beltrán
Todos andamos con este muerto inverosímil, con este muerto tan grande sobre el alma. Vivió sólo dos días: el de la esperanza cívica y el del sacrificio. Seré dichoso con que viva un siglo por lo menos, en la memoria viva de su pueblo". He aquí algunos de los doloridos párrafos que escribiera Constancio Vigil días después que cayera Saravia en Masoller.
Los ecos de la triste nueva se fueron esparciendo en medio de la incredulidad, de la desolación, del llanto de las multitudes nacionalistas. Con el andar de los tiempos fueron perdiendo sus doloridas notas, pero fue ganando nuevas resonancias. La desgarrada nostalgia se fue convirtiendo, generación tras generación en mandato, enseñanza, convocatoria para la libertad tanto de la Patria, como de quien en ella vive, o la añora desde la distancia. Los párrafos del escritor, que alguna vez evoqué, volvieron a la memoria, cuando hace apenas unos días, discurrían ciento cuatro años de su muerte. El siglo y más, que pedía el escritor compatriota allí estaban. En esta ocasión un gran puñado de blancos, desafiando el frío, el viento, la lluvia, que por momentos se hacía aguanieve, se hizo presente en los campos de Masoller para alzar una vez más su recuerdo como una bandera donde la Patria y la Libertad volvían a confundirse en un mismo heroico intercambio. Yo no estuve en ese homenaje, por lo que mis reflexiones provienen de la crónica que hiciera del acto nuestro corresponsal Freddy Fernández.
Parecía un homenaje de los muchos que han venido sucediendo en el siglo largo de su muerte. Creo, sin embargo, que se ha hecho en una circunstancia de excepción y tiene un alcance mayor que otros celebrados en tiempos menos inquietantes. Por eso es que su significado trascendió en mucho, al simple homenaje recordatorio cargado de emoción. Dos hechos fundamentales singularizan su importancia. Uno de ellos fue que en las palabras del Presidente del Directorio Dr. Jorge Larrañaga, y creo que también en la opinión de los demás candidatos hay la cabal comprensión que la victoria y el cuidado de la unidad partidaria son las caras de una misma moneda. "Verdadera y auténtica unidad para sentir que todos juntos estamos a la altura de nuestras responsabilidades". Compromiso de unidad, de respeto al compañero, de comunidad de propósitos, de convocatoria a los grandes recuerdos como guardianes de tales promesas. Si la victoria está supeditada a la unidad, la suerte del País y de sus libertades están supeditadas a la victoria. A que no pueda repetirse ni ahondarse esta experiencia de un Estado encerrado en sí mismo, ensoberbecido en su poderío como en su ineficiencia, feudo de un partido político, con la obsesión de su exclusivismo, que exhibe hasta con orgullo sus arbitrariedades y que en pocos años, en materia de irregularidades, viene acompasando el paso con los años de la gestión de la comuna capitalina, especialmente los del período de Arana. Algo de todo eso fue lo que dijo un joven en el homenaje a Saravia: "El triunfo blanco alejará las tentaciones totalitarias que en este gobierno se perciben claramente".
Elegiremos en las urnas lo que queremos: si una patria encogida, sin raíces, que se encamina al partido y al pensamiento únicos o una Patria como la quiso Saravia "que es el poder que se hace respetar por el prestigio de sus honradeces y por la religión de las instituciones no mancilladas. La Patria es el conjunto de los partidos en el amplio y pleno goce de sus derechos; la Patria es la dignidad arriba y el regocijo abajo.