BOGOTÁ | JORGE SAVIA
Fue, si se quiere, una sensación rara. Porque lo que cabía esperar que se volviera una olla hirviente cuatro horas más adelante, ya era una fragua de gritos y exclamaciones populares, cuando recién se habían abierto las puertas de "El Campín" a las dos de la tarde.
El estadio bogotano era una verdadera fiesta. Y no sólo en las tribunas, sino en sus alrededores, con un colorido realmente espectacular.
¿Qué ocurría? Algo que en Uruguay hoy en día es impensable, en la medida que, gracias a una donación venezolana, el histórico y glorioso Centenario acaba de recuperar el servicio de un tablero electrónico que un temporal se llevó hace más de tres años: "El Campín" tiene tres: uno en el interior del estadio y dos de cara a la avenida de seis carriles que pasa frente al principal escenario futbolístico de la capital colombiana.
De modo que, tanto la gente que se ubicó en las tribunas desde muy temprano, como las largas colas que se formaron para entrar en la calle, pudieron seguir en vivo y en directo -con relatos y comentarios de voces locales que eran amplificadas por los altoparlantes de estadio- las acciones del partido que Argentina y Paraguay jugaron en Buenos Aires.
De ahí, pues, las exclamaciones, el griterío y hasta los aplausos, que empezaron a mezclarse con coros de "¡Colombia! ¡Colombia!" que se hicieron más asiduos, atronadores y hasta desafiantes a medida que se fueron poblando las localidades pintadas de rojo, amarillo y azul, como si los colores de la bandera patria quisieran asociarse al intenso verde que, junto con los perfiles de los edificios y casas de los barrios altos de Bogotá, domina el fondo de "El Campín" desde la imponencia de las montañas colombianas.
El entorno y la fiesta, había empezado mucho antes de lo previsto. El encuentro entre argentinos y paraguayos fue creando el ambiente ideal, si se quiere, para el conjunto dueño de casa.
Las cuatro tribunas se entusiasmaron con el devenir del encuentro jugado en Buenos Aires y llevaron a los hinchas más bullangueros, ubicados en las populares, a cantar y a gritar como si en la cancha ya estuviese actuando la "selección Colombia" orientada por Jorge Luis Pinto.
Si acaso, el único que no se debe haber deleitado con ese espectacular panorama (que imposible pase inadvertido para el visitante) debe haber sido Rodrigo Romano, ya que el relator de Tenfield ayer tuvo que trabajar lesionado, dolorido y, lo que es peor: ultrajado, porque al mediodía, cuando estaba enviando un mensaje de texto, fue asaltado en pleno centro de Bogotá por un motociclista que aceleró, subió a la vereda y le arrebató el celular al periodista uruguayo, tras llevarle el brazo para atrás, al extremo de estar a punto de quebrárselo.
Colombia es así. Entre la fiesta y la violencia.
La cifra
3 Tableros electrónicos tiene "El Campín" de Bogotá. Así se inició la fiesta en las cuatro tribunas.