¿Dónde está la felicidad?

Álvaro Casal

Dónde está la felicidad? Hay muchas teorías acerca de esta apreciación subjetiva de la vida.

Por ejemplo, la página web de la BBC reveló que hay científicos que creen haber resuelto "uno de los misterios más grandes de la humanidad" mediante la aplicación de una fórmula matemática: P + (5xE) + (3xH) = felicidad. En esta fórmula, P se refiere a las características personales (apariencia, capacidad de adaptación, resiliencia), E a la salud, estabilidad económica y vínculos de amistad y H a las necesidades de orden superior (autoestima, expectativas sobre el futuro, sentido del humor).

Según esto, respondiendo a cuatro preguntas a cuyas respuestas se les asigna un puntaje del 1 al 10, tendremos el resultado de la ecuación.

No parece este el camino de la felicidad. Pero tampoco parecen serlo otros rumbos, como indica Diana Cohen Agrest al observar que Japón, país de geishas y kimonos, era pobre en 1960 pero entre esa década y fines de los años 80 su ingreso per cápita se cuadruplicó y se convirtió en una potencia del mundo industrializado. Sin embargo, la felicidad promedio de 1987 no superaba la de 1960. Y hoy, según la encuesta de "World Values Survey" Colombia, país con serias dificultades, ocupa el tercer lugar en el "ranking" de felicidad global y Japón está en el puesto número 43.

Cuando Jonathan Swift hizo viajar a Gulliver a una isla donde vivían unos seres inmortales llamados Struldbruggs, mostró que no eran ellos felices sino al contrario. Sufrían profundamente, y en su eterno envejecimiento sentían envidia de los mortales.

Es un asunto difícil. De alguna manera me lleva a recordar una de mis primeras misiones periodísticas. Tenía 22 años y cero experiencia. Un día el Secretario de Redacción me dijo secamente: "Tómese un ómnibus, vaya a Maldonado, encuentre a un ruso que se escapó de la Unión Soviética y hágale una nota". Garabateó un nombre y una dirección y me lo dio exclamando: "¿Qué espera? ¡Vaya!" El ómnibus de Onda me depositó en un Maldonado invernal pero soleado. Caminé por calles polvorientas hasta encontrar una casa pobre, donde no había nadie. Miré por la ventana y vi una mesa con un plato lleno de moscas muertas. Nada más. Un vecino se asomó a la ventana y me dijo: "El carpintero no está. Se fue con el hijo que vino de Rusia. Pero seguro que al atardecer estarán de vuelta."

Pasaron las horas. Finalmente, padre e hijo llegaron con sus cañas de pescar al hombro. Volvían de la pesca y no traían ningún pescado, pero reían y reían. Lamentaron haberme hecho esperar, pero enseguida ofrecieron vino, pan y queso. En un rudimentario español relataron cómo el padre había podido huir de la dictadura soviética y cómo años después, el hijo había podido hacer lo mismo.

Caía el Sol en el horizonte. Sabía que se acercaba el momento de tomar el último ómnibus rumbo a Montevideo. De manera que dije que tenía que partir. Los anfitriones no me dejaron solo. Me acompañaron, se aseguraron de que embarcara y quedaron allí, sonrientes, abrazados, muy pobres, con sus ropas remendadas y zapatillas desflecadas, con muchas dudas sobre su porvenir, pero libres.

Yo era muy joven para comprender qué era aquello. Ahora que lo recuerdo creo que lo entiendo. Habían perdido mucho, pero habían encontrado la felicidad.

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