MIGUEL CARBAJAL
El tránsito es permanente. Los maestros de la pintura son esencialmente capitalinos. Barradas no se aleja mucho del puerto, excepto cuando viaja. Torres García menudea en paisajes urbanos donde los buques parecen obliterar las calles. Figari es el más campero pero su aproximación es intelectual y poética más que visceral. ¿Y Blanes? La mitad del país plástico proviene del interior. Solari corporiza a Fray Bentos. Arzadun y Hugo Longa son salteños. Osmar Santos y Cléver Lara son riverenses. Neme también. Hugo Nantes y Romero son maragatos confesos. Sáez era de Mercedes. Bernabé Michelena, duraznense, Cabezudo es en esencia litoraleño.
Y así sucesivamente. Pero el paradigma de la conexión cultural lo representa Daniel Amaral Oyarbide. Su trayectoria es un ejemplo de integración. Nació en Rocha, hijo de un padre bancario que arrastró a su familia en sus trajines: San Carlos, Chuy, Melo, Pan de Azúcar. ¿Cómo escapar de ese ambulantismo?
La radicación en Montevideo no le resultará fácil. Se instala en la capital para estudiar. Son los años críticos de la predictadura, con facultades ocupadas, cursos interrumpidos y exilio de los mejores profesores.
Resultado, interrumpe planes y regresa a Rocha a trabajar en el campo. Pero ya el dibujo lo atrapó con sus garras. Viene de una familia de notoria fertilidad plástica. Un día resuelve hacer una exposición de parientes y rondan los 50.
En el medio está la madurez creativa, estudios con Tonelli, un período de aprendizaje en París junto a Pierre Colle.
Cuando regresa lo primero que hace es buscarse un espacio a su medida. Rocha le roba oxígeno. ¿Qué departamento del interior puede apuntalarle una carrera? Salto. Al iniciarse los 80 vienen los años de los premios, unos detrás de otros: nacionales, en el interior, el Paul Cezanne, en Punta del Este. Pero casi al mismo tiempo inicia una carrera docente que lo absorbe casi por completo.
Llega a Salto en época propicia. Se hace cargo de la dirección del Taller de Artes Plásticas y del Museo de Bellas Artes, hace un pasaje didáctico por Bella Unión. Abandona el taller municipal y abre uno propio, en una galería céntrica. Es una explosión. Salto se va detrás suyo.
Empieza por tener 90 discípulos y en el segundo Salón de Pintores Salteños, de 11 premiados, los siete primeros son sus alumnos. Esa fascinación continúa años después, cuando a principios del 2000 mete baza en Montevideo y se convierte en un pintor nacional con el auxilio de Pablo Marks que le abre puertas.
Hace una pintura seriada, críptica, muy espiritual, numérica, geométrica, de doble fondo y una tonalidad sorprendente en sus refinamientos.
Viaja a Israel, se vuelve un pintor notorio en la capital, sigue con sus clases salteñas de martes a viernes, viaja a Montevideo los fines de semana.
Le sigue apostando al país entero.