Ante su mirada penetrante y gesto adusto, uno vacilaba y revisaba nuevamente el planteo que iba a formularle. Su inteligencia era temible; todo argumento era contrastado con hechos que convocaban verdades fulminantes, de todo tenía conocimiento. Singular exteriorización de una persona comprometida con la humildad, impermeable al halago y bondadoso hasta el sacrificio personal.
"Trabajaba en El País un viejo linotipista a quien le iban a rematar la casa por partición de herencia. El compañero estaba angustiado. Allí habían nacido sus hijos y sus nietos. La casona era toda su vida. Ante su congoja, llegó el día del remate y su vieja casa fue rematada por un señor serio, solemne, desconocido, que se la sacó de las manos a otras personas del lugar. Poco después ese hombre se acercaba al compañero transido de dolor y le confesaba:
-Quédese tranquilo. He rematado esta casa para usted por mandato de don Carlos Scheck. Usted se merece esto. Si un día puede pagarle a largos plazos, bien; sino es lo mismo …".
Esta anécdota fue publicada sin firma en un suplemento publicado con motivo del 45º aniversario de El País; la mitad de la trayectoria de la empresa la debemos en buena parte a don Carlos; la otra mitad también.
Tenía apenas 25 años cuando ingresó a El País, una flamante casa periodística que había pegado fuerte en la opinión pública de la mano de tres periodistas y políticos brillantes en lo suyo, pero muy poco experientes en el manejo financiero de una empresa que inequívocamente iba camino a su extinción, epílogo frecuente de diarios fundados para sostener principios partidarios.
Veinticinco años, un título de Contador Perito Mercantil y corta aunque brillante experiencia: escasos méritos para confiarle la transformación de una aventura en un proyecto de largo plazo. Pero a Don Carlos le sobraban capacidades que no producen ni la formación ni la experiencia. Fue en su homenaje que se acuño la frase "Simple como el deber".
Rápidamente transformó al diario de ideas en una empresa moderna e innovadora; la condujo hasta el liderazgo y la consolidó como un referente confiable, una institución metida en las venas de los uruguayos. De su mano, El País emigró desde la vieja sede fundacional en la calle Ciudadela, hasta un edificio especialmente construido para un diario en la Plaza Libertad. Cuando resultó insuficiente, hizo construir el edificio de la calle Zelmar Michelini, en su momento un ejemplo de arquitectura para periódicos. Estaría muy orgulloso de su descendencia que en estos momentos proyecta una cuarta expansión en los accesos a Montevideo, sumando una planta de impresión de 15.000 metros cuadrados y nuevas rotativas, continuando un proceso que él inició.
Factores externos provocaron momentos de incertidumbre en la vida de la empresa. "En 1935 la vida de El País era de agrias dificultades. Un día le preguntamos por su automóvil, en el que notamos ya no viajaba. Lo vendí; tenía que liquidar una partida de papel, fue su respuesta natural y sin énfasis. Papel para un diario que era un centro de resistencia y oposición y que estaba saliendo de una clausura para caer en otra", durante la dictadura de Gabriel Terra. También esta anécdota fue publicada en el suplemento citado.
Con la inspiración de don Carlos, esta casa periodística incorporó sus valores como atributos permanentes, entre ellos el desprecio por la vulgaridad y la admiración hacia el talento, el respeto a los lectores y el esfuerzo por satisfacer sus expectativas, el ansia innovadora, la rigurosidad de sus métodos y el reconocimiento de los errores.