JORGE ABBONDANZA
Bakú ya era famoso cuando Hitler lanzó sus tropas hacia el Cáucaso para atrapar la fuente del petróleo soviético. Ironías de la historia determinan que ese puerto sobre el Mar Caspio, 75 años después, ya ni siquiera sea de Rusia. Pertenece a Azerbaiján, uno de los pequeños países periféricos que se han soltado del viejo anillo de la URSS. Pero en Bakú está el punto de partida de enormes oleoductos que se abren como un ramaje hacia el Mar Negro, camino de Europa. Uno de ellos desemboca en Turquía tras recorrer 1.200 kilómetros, para volcar 1.200.000 barriles diarios de petróleo.
Astutamente diagramado, el gran oleoducto no pasa por Rusia, pero cruza en cambio Georgia. Administrada por la British Petroleum, esa tubería no es la única que atraviesa dicho país y casualmente también cruza Georgia el gasoducto llamado Cáucaso Sur, igualmente controlado por la petrolera británica, por el que circulan 20.000 millones de metros cúbicos de gas al año. Esos datos son reveladores para entender unos hechos que sacudieron el tablero mundial en los últimos días, desde la presteza con que Rusia intervino militarmente en Georgia, hasta la alarma de Bush frente a ese operativo y la inmediata gestión de Sarkozy en Moscú para apaciguar una zona tan sensible.
Las potencias de este mundo no se agitan por cualquier cosa. Suelen moverse cuando hay intereses en juego, el primero de los cuales es el oro negro. En caso contrario, el martirio de millones de refugiados en Darfur (que no tiene petróleo) puede prolongarse durante años sin que nadie se tome el trabajo de intervenir seriamente, y las barbaridades políticas de Mugabe en Zimbabwe (que tampoco tiene petróleo) pueden multiplicarse ante la indiferencia internacional más absoluta. Es muy distinto cuando están en juego los carburantes, como ocurre en Irak, que figura en tercer lugar entre las mayores reservas comprobadas de petróleo a nivel mundial, con 115.000 millones de barriles bajo el suelo, sólo superado por Arabia Saudita (264.000 millones) e Irán (137.000 millones).
Como si fueran prolongaciones de un sistema nervioso, los oleoductos y gasoductos serpentean a través de Georgia explicando que los grandes países se inquieten tanto cuando algo grave sucede allí. Un mundo tan sediento no puede distraerse cuando pasa algo en Georgia, por miedo de que alguien pueda cerrar la canilla. Los muertos que quedan por el camino -varios miles en este caso- simplemente son uno de los costos del mayor negocio del planeta.