El grito de Gulag

Antonio Mercader

Ahora que ha muerto Alexander Solzhenitsyn son pocos los que osarán criticarlo, pero muy distinto fue lo ocurrido en Uruguay, en los sesenta, cuando este escritor ruso publicó "Un día en la vida de Iván Denisovich", el libro que desnudó el horror de los campos de concentración soviéticos. La mayoría de nuestros intelectuales de izquierda, no todos, asumieron entonces una actitud de indiferencia cuando no de hostilidad hacia él. Sería bueno escucharlos, aunque es seguro que ninguno de ellos volvería a descalificarlo de plano, visto el derrumbe de la Unión Soviética y el desastre de su régimen político.

Hoy es difícil repetir las monsergas comunistas en contra de quien fue el emblema de la disidencia rusa, el primero en quebrar el silencio sobre el drama de su país, el grito del Gulag, la esperanza de los resistentes. Cuando él habló, muchos callaron dentro y fuera de la órbita soviética, unos por ignorancia, otros por temor o complicidad. El cuarto de siglo que va desde la publicación del calvario de Iván Denisovich a la caída del muro de Berlín registra demasiados elogios a Moscú. En Uruguay, incluso... ¿quién no los recuerda?

Aquí, entre nosotros, la censura mayoritaria solía apuntar a los crímenes del nazismo, como si los del comunismo fueran menores y a pesar de la insistencia de Solzhenitsyn en descorrer el velo del infierno. Porque ese fue su mérito, el que lo convirtió en algo más que un escritor, en un líder moral.

Confieso que de su obra apenas si leí textos sueltos, retazos de conferencias y discursos, así como partes de "El archipiélago Gulag", el universo de los campos de concentración y la epopeya del dolor de los presos políticos que narró por experiencia propia, la que vivió desde 1945 cuando lo mandaron a Siberia por criticar a Stalin -"no está a la altura de Lenin", objetó- en una carta a un amigo.

El sufrimiento de entonces lo reflejó en ese libro ardiente y farragoso que parecía la obra de un novelista a la vez predicador, cronista y filósofo empeñado en denunciar la estructura de represión, el sistema ruso de prisiones y la acción de la policía secreta. Su publicación en Occidente en 1973 le costó la pérdida de su nacionalidad y un exilio que parecía definitivo.

Tuvo el honor de ser el primer ciudadano soviético expulsado después de León Trotsky.

Sus libros influyeron en un instante decisivo de la historia rusa porque abrieron las primeras grietas en un régimen de fachada inconmovible. Había que tener mucho valor para hacerlo. Así lo declaró la academia sueca cuando le concedió el Premio Nobel de literatura que no pudo recibir pues Brezhnev se encargó de impedírselo. La hora del reconocimiento en su patria le llegó más adelante, cuando en los noventa retornó tras un exilio en Estados Unidos, el país que lo acogió y que también fue criticado por este escritor que censuró el "consumismo norteamericano" y su "modo de vida materialista".

Así de intransigente fue Solzhenitsyn hasta el fin.

Reinstalado en una "dacha" cerca de Moscú, los ecos en su derredor se fueron apagando. Su obra desapareció gradualmente de librerías a pesar de que, por sus valores literarios, se lo llegó a catalogar como heredero de Dostoievsky. Él, en tanto, se empeñó en reeditar todos sus libros corregidos y actualizados. Pero fue inútil. El interés por su obra se fue desvaneciendo hasta el punto que el lunes pasado, las páginas de la prensa de Occidente resaltaron más el accidente automovilístico sufrido por el actor Morgan Freeman que la muerte de este gran luchador por la libertad.

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