Escalofriante. Esa es la palabra que surge frente a la noticia que acaba de llegar de Colombia: una pareja de secuestrados por las FARC, al parecer fueron asesinados por sus captores porque no eran capaces de soportar las caminatas a que los sometían.
Gerardo y Carmeza Angulo, una pareja de esposos de unos 70 años de edad, habían sido secuestrados en 2002. Sus hijos recibieron la versión de esta acción despreciable, a través de un terrorista que se acogió a los beneficios que otorga el gobierno legal de Colombia a quienes se entregan.
La feliz liberación de Ingrid Betancourt y otros rehenes que estaban en poder de las FARC, no debe llevar a olvidar que siguen ocurriendo cosas terribles. Es sabido que aún están en manos de los terroristas (que algunos pretenden que llamemos guerrilleros), cientos de personas, incluyendo numerosos niños. Sólo una mínima fracción son políticos. El resto ha sido secuestrado para cobrar rescates que, junto con el dinero del narcotráfico, financian a la organización.
Gerardo y Carmeza Angulo estaban cansados. Se habían convertido en un engorro para los frecuentes desplazamientos de sus captores. Éstos podían haberlos dejado en libertad, podían haber tenido una consideración especial debido a la edad y estado de salud de quienes hacía seis años eran rehenes. Pero no. Los mataron.
El episodio no debe sorprendernos. Refleja una mentalidad. ¿Acaso no se asemeja al asesinato de Pascasio Báez, cometido por los tupamaros en Uruguay? Ellos, como las FARC, luchaban contra la democracia, querían establecer una "dictadura del proletariado" al estilo soviético o cubano, resentían que los llamaran terroristas y no guerrilleros y no le hacían asco a las atrocidades en perjuicio de sus prisioneros.
El peón Pascasio Báez, andaba por el campo buscando una vaca perdida y lo que halló fue otra cosa: una "tatucera" o guarida de los tupamaros. Éstos lo capturaron, debatieron qué hacer con él y concluyeron que por lo que sabía, no podía ser liberado. Sencillamente lo asesinaron, mediante una inyección letal aplicada por un estudiante que hoy es médico.
Ayer, Báez. Hoy, Gerardo y Carmeza Angulo. La misma tragedia.