MIGUEL CARBAJAL
LAS COLUMNAS
Hay parientes y parientes. Miguel Páez Vilaró era un hombre de una opresiva generosidad y un sibarita que viajaba acompañado de un cortejo de amigos. Tenía un buen gusto cauto y afinado y un ojo de inversor. En las paredes de sus sucesivos apartamentos relucían tesoros dignos de estar en el depósito del Banco Central: la mejor serie de Figari existente en el país. Pericones, entierros, patios de conventillo, cielos celeste bolita eran de una factura sólo comparable a los yacimientos escondidos en Buenos Aires, el primer mercado en descubrir a un pintor que Uruguay se tomó demasiado tiempo en advertir.
Un abogado exitoso, un penalista brillante, una de las caras visibles de la abolición de la pena de muerte, un hombre de alta sociedad casado con esposa adinerada y dueño de una prole numerosa no tenía derecho, para el uruguayo promedio, de alcanzar la gloria creativa en el filo de los 60 años.
Incrustado políticamente en la familia de Figari, Miguel Páez, económicamente poderoso, dio los pasos necesarios para armar desde adentro una colección de primera. En los comedores donde agasajaba como un príncipe, y lo mismo pasaba en las salas y otros sitios de recibo, sólo existía la obra de "Tío Pepe", como le decía. Él puso el dinero para apuntalar su consagración internacional. El libro de Samuel Oliver, con prólogo de Jorge Luis Borges, y un candombe en rojos sangre en la tapa, fue la primera edición que intentó hacerle honor a un artista al cual Miguel Páez también le conseguía los mejores salones de exhibición. El famoso amigo de reinas y cardenales conseguía entrada en los teatros desbordados en Broadway con sólo levantar un teléfono, y la mesa en el restorán más caro y el acceso al mejor sanatorio y el contacto con sociedad norteamericana estilo JFK cuyos miembros usan una inicial entre el nombre y el apellido y muchas veces se olvidan de la referencia paterna para escudarse en los brillos maternos. Todo eso Miguel Páez lo lograba en segundos.
Mucho de ese potencial fue puesto al servicio de una coronación sólo comparable a la de Torres-García. Sus dos hermanos pintores, Jorge y Carlos, que también recibieron el apoyo familiar aunque quizá con más trabajo, no eran clientes a la vista de Miguel Páez`house. Los hermanos deben haber sufrido esa decisión pero de seguro la entendieron. Cada uno en su área y con distintos alcances los hermanos Páez, aptos para la plástica, alcanzaron su módica porción de gloria. Pero Tío Pepe figuraba en el triunvirato fulgurante del arte nacional y esas consideraciones debían ser respetadas sin confusiones familiares.
Muerto Miguel, muerta Lucía Ruano, su viuda, ¿dónde fueron a parar esos testimonios míticos de la orientalidad? ¿Siguen resguardados en el país, o como tantos otros volaron a Buenos Aires o Nueva York? Alguien debe tener la respuesta adecuada para estas dudas atroces.