Hay sospechas pero no pruebas en el crimen del joven de La Unión

| Adicto. Consumía pasta base, tenía antecedentes penales y vivía en la calle

GUSTAVO TRINIDAD

"Uno menos", dijo escuetamente un vecino refiriéndose al joven muerto de un tiro en la madrugada del jueves, cuando saltaba la reja de un gimnasio ubicado en Camino Carrasco e Isla De Gaspar, en La Unión.

Una recorrida de El País ayer por el barrio, pudo comprobar que ese no es un sentimiento generalizado de los vecinos, pero lamentablemente sí de varios de ellos

Mientras tanto, los policías de la División Homicidios vienen trabajando intensamente para dar con el autor del disparo que impactó en la cabeza de Fernando Britos Otero de 19 años, con antecedentes penales por hurto y hurto en interior de vehículo. También el joven, que fue identificado ayer, tenía varias intervenciones policiales por problemas familiares.

De hecho, se conoció que vivía en situación de calle y era consumidor de pasta base. La madre vive en Canelones y desde hacía tres años no lo veía.

Ayer los investigadores volvieron a indagar a una decena de vecinos cercanos al lugar donde Britos apareció colgando de una reja boca abajo y enganchado por el pantalón. Un sereno que cuida la casa lindera con el gimnasio, que está siendo reciclada, estuvo detenido pero recuperó la libertad aunque fuentes policiales indicaron a El País que volverá a ser interrogado. La Policía aún no encontró ningún arma que pueda ser cotejada con la bala que perforó el cráneo del joven. También ayer se ubicó un orificio de bala en una pared que la policía piensa que se trata de uno de los disparos que realizó el agresor. Las fuentes consultadas indicaron que hay sospechas sobre el autor de los disparos, pero al momento no hay pruebas.

"Yo escuché la alarma del gimnasio cuando se rompió la vidriera; eran como las 4.30 de la mañana, pero no me levanté", contó a El País, Gladys, una vecina que vive a tres casas de donde ocurrió el crimen y que ya prestó su declaración a la Policía.

Cuidados. La vecina no abre la puerta cuando le tocan el timbre y apenas levanta unos centímetros la persiana de forma que sólo se le ven las manos. Tiene sus razones para desconfiar. "A mí me coparon la casa a las dos de la tarde cuando estaba con mis dos hijas. Eran dos y se hicieron pasar por empleados de una televisión cable que iban al apartamento del fondo", contó. Tiempo después vio a uno de los copadores pasar por la puerta de su casa tranquilamente. También le tocó encontrar un arma que algún delincuente había perdido en la huida. "Usan las casas para cruzar la manzana y salir a Camino Carrasco, una vez en el pasillo de al lado encontraron un arma cuando la vecina barría y su hija jugaba cerca del lugar".

A Gladys le han robado hasta los pestillos de los portones. Pero esto es común en el barrio.

Hugo asegura que lo robaron 26 veces. "Mirá, me robaron el banco de hormigón que tenía en el jardín dos veces -ahora ya ni lo repongo-, el farolito cuatro veces, después puse un bollón y también me lo robaron. Ahora en el patio en vez de faroles pongo botellas de plástico partidas. Todo les sirve. Dejo un envase en el fondo y al otro día ya no está. En la casa de al lado murió el dueño y durante un mes venían todos las noches ahora ya no queda nada, ni los techos", contó Hugo.

Los cables también sirven y ahora Hugo pidió permiso a UTE y ayer de tarde charló con El País mientras terminaba de pasar los cables por un caño de hormigón.

Muchos de los consultados indicaron que si bien la situación es insoportable no es de ahora.

"Hace varios años que sufrimos esta decadencia que se agravó después del 2002. La Policía viene, tratan de hacer algo, pero todos sabemos lo que pasa con los menores, eso también cansa a los policías, uno siente que denunciar es como tirar agua en la arena".

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