DÉBORAH FRIEDMANN
Tenían las mismas pesadillas pero si se cruzaban por la calle no se reconocían. Tomaban el mismo ómnibus a diario pero no se hablaron hasta que chocó y una de ellas se lastimó. Fueron víctimas de una tragedia y ahora son inseparables.
Las tres son historias particulares de amigos. De amistades que se construyeron desde el dolor. De amigos que son como hermanos. Y que celebran su amistad a diario, más allá de que hoy se reúnan o no a festejar el Día del Amigo.
Guidaí Oleaurre (36), Jorge Giordano (35), Martín Castellini (34) y Patricia Pérez (35) vivieron algunos de sus primeros meses de vida junto a sus madres en centros de detención durante la dictadura y se re- encontraron más de 30 años después. Mayra Novas y Mabel Rossi viajaban a diario hace más de dos décadas en el 141. Se conocían de vista, pero cuando Mabel se lesionó en un accidente en el ómnibus, Mayra fue con ella al hospital, y no se separaron más. A Susana Dorado y Elizabeth Iturrioz las unió la tragedia del 14 de noviembre de 1971, cuando chocaron dos helicópteros de la Armada en Kibón. Allí murieron ocho personas, entre ellas el hijo de Susana y otras 39 quedaron mutiladas, como su marido y el padre de Elizabeth.
"Incondicional". Hace 24 años, Mayra Novas (42) y Mabel Rossi (47) se tomaban todos los días el 141 desde Villa Dolores a Ciudad Vieja. Ambas trabajaban en la calle Colón y entraban a la misma hora. Uno de esos días, sólo quedaron ellas dos en el ómnibus. Mabel se paró para descender. Iba distraída. Justo ese día pensaba renunciar a su empleo.
En ese momento un camión lechero cruzó y chocó al ómnibus. Mabel voló, se golpeó y se lastimó la columna.
El chofer y el guarda dijeron que la llevaban hasta el Hospital Maciel. "Yo dije que iba con ellos. Me preguntaron si yo podía entrar más tarde al trabajo. Respondí que no había problema", cuenta Mayra.
A Mabel también le quedó grabado ese momento: "Se encargó de llamar a mis familiares, de avisar en mi trabajo".
Mabel estuvo 15 días sin poder trabajar. Mayra continuó interesándose por ella y en retribución, poco después, Mabel la invitó a su casa.
"Yo fui como para devolver la atención. Después que nos vimos en esa oportunidad, nos juntábamos cada vez más seguido. Al día de hoy ella es la madrina de uno de mis hijos, Sebastián, que tiene 14 años", dice Mayra.
"Para mí Mabel significa un apoyo incondicional, siempre estuvo en momentos muy fuertes de mi vida. Es una persona con la que podés hablar de todo y está siempre, siempre ahí", añade. Mabel también remarca que su amiga está para todo.
"Hemos pasado instancias de todos los colores. Vivimos momentos muy felices y también muertes, espirituales y de las otras. Para mí es especial porque siempre está. Porque tiene un corazón de oro y el alma limpia. Forma parte de mi familia. Su amistad para mí es invalorable", dice Mabel.
Ninguna de las dos pensó que iba a conocer a su amiga del alma en un ómnibus. Mayra dice que Mabel le cayó del cielo y la acompaña acá. Mabel cuenta orgullosa que el viernes llegó a ver a su madre y que allí estaba Mayra.
"ES UN HERMANO". "Teníamos las mismas pesadillas. Compartíamos hasta eso", dice Patricia Pérez (35). Pesadillas por haber pasado meses o años de su vida presos con sus madres en dictadura. Y quizás por haber sido separados de ellas poco después.
Algunos estuvieron juntos desde bebés en pozos, celdas, sótanos. Otros se cruzaron después durante visitas a Punta de Rieles o a algún centro de detención donde estaba alguno de sus padres. Pasaron más de 30 años y en marzo de 2007, unos 40 se reencontraron.
Entre ellos están Patricia, Guidaí, Martín y Jorge. Sus madres y las de otros jóvenes que fueron presas políticas empezaron a reunirse en 2006. Jorge fue a uno de esos encuentros. Una de ellas lo miró y le dijo: "Jorgito". Él se sorprendió, creía no conocerla. Y ella agregó: "Es que tenés los mismos ojos".
En esas instancias los jóvenes comenzaron a hacer contacto. "Después, decidimos cortar el cordón y juntarnos nosotros, nos unimos muy rápido", dice Jorge.
Es que no tenían que empezar de cero. "Ya nos teníamos confianza. No habíamos sentido que integrábamos un grupo hasta ahora", dice Patricia. Y Martín agrega: "Fue mágico".
La madre de Guidaí le habló durante años de tal madre, de aquel otro niño. "A través de su relato yo ya había generado un vínculo. Eso se fue transmitiendo. Cuando un día los encontré de golpe ya les tenía cariño".
A Martín le sucedió algo similar: "El otro te entendía y era parte de tu historia. No necesitabas ni hablar para que te entendieran".
Juntos empezaron a recomponer su historia y a construir memoria. Los olores. Los cuentos y los juguetes elaborados por sus madres para intentar darles un universo lo más infantil posible. Las diarreas que los afectaban días y días sin asistencia. Las pocas horas que podían estar al sol por día. Los juegos en el patio donde los niños que estaban en un cuarto no se podían mezclar con los que estaban en otro. Y las consecuencias si alguno rompía esa regla. "Vivimos situaciones fuertes. Siempre se habló de nuestros padres como víctimas de terrorismo. Y nosotros también sufrimos terrorismo de Estado", dice Jorge.
Se contaron sus sueños y sus pesadillas. Entendieron que algunas eran producto de madrugadas donde los habían despertado de golpe y habían roto todo a su alrededor.
Celebraron su primer año de reencuentro con la exposición Niños y niñas en cautiverio. Cartas, juguetes, fotografías, libros de cuentos, historias médicas, ropa y otros objetos fueron expuestos en la Biblioteca Nacional y en Maldonado.
Desde que se juntaron no se separaron más. Se reúnen todos los sábados, pero entre muchos el contacto vía mail es diario. En los encuentros tienen algunos temas agendados -ahora proyectan publicar un libro- y después hablan de lo que surja. Puede ser de cine o de filosofía. O ir juntos al tablado. "Es como encontrar a esos hermanitos perdidos. Es más que amistad. Es un hermano", dice Patricia.
LAS "LOCAS" DE KIBÓN. "Esto es mucho más fácil que todo lo que hemos hecho hasta ahora", dicen entre risas Susana Dorado y Elizabeth Iturrioz, mientras posan para una foto en la escalinata del Palacio Legislativo. Se miran, se ríen, se dan la mano. Se nota que se conocen de memoria.
Las unió el dolor hace 36 años, cuando dos helicópteros de la Armada chocaron y convirtieron un paseo sabatino en una tragedia.
Pablo, el hijo de Susana de 8 años, falleció. A José, el padre de Elizabeth, le tuvieron que amputar un brazo. Y ellas forjaron una amistad a prueba de todo.
A prueba de no encontrar una respuesta oficial para un "crimen" del que creen el Estado es responsable. Del dolor que llevan hoy en la piel, como hace 13.389 días. De golpear puertas una y otra vez. De pedir los resultados de una investigación oficial y no cansarse nunca. De ganarse el mote "las locas de Kibón" por parte de algunos parlamentarios. Y de sentir que si son "locas" por buscar la verdad, poco importa; también le decían "locas" en Argentina a las Abuelas de Plaza de Mayo.
Por eso, pidieron que les tomaran la fotografía en el Palacio Legislativo. "Lo que no nos pueden sacar es la lucha ni la dignidad. El Estado es el único culpable", dice Elizabeth.
Los familiares de las víctimas de la tragedia de Kibón se conocieron en hospitales y sanatorios pocas horas después del fatídico sábado.
Desde el vamos, los sobrevivientes se ayudaron entre ellos. Y ese estar con el otro permanece intacto casi 37 años después. Ambas aseguran que el apoyo entre unos y otros fue la única asistencia que tuvieron. Que el Estado los dejó solos. Hasta ahora. "Seguimos esperando", dice Susana.
Por estos días, por ejemplo, están preocupadas por la salud de Solís García Pereira, una de las víctimas, que sufrió la amputación de sus dos piernas.
Desde ese fatal 14 de noviembre de 1971 Susana y Elizabeth se comunican todos los días. Conversan sobre cómo se encuentra tal o cual integrante del grupo de 16 familiares o víctimas del accidente. Preparan escritos, piden audiencias, hacen gestiones. Visitan a cada uno de los sobrevivientes que atraviesan alguna dificultad. Atienden llamadas, se consuelan. Y cada año hacen con sus propias manos la corona de flores en homenaje a sus muertos. No pueden comprarla.
Todos los días Elizabeth se repite. "Hoy comienza la lucha".
Y lo reitera convencida de que no va a parar hasta tener una investigación oficial de lo sucedido. "A nosotras nunca se nos entregó nada, pero lo vamos a lograr", dice.
Elizabeth define a Susana como una persona "grande". "Es buena, honesta, va al frente", dice. Para Susana, Elizabeth es su "hermana", su "cable a tierra". La que le da fuerza cuando se cae y la hace levantarse.
Las unen las "heridas de guerra", pero también las charlas sobre hombres, maquillaje, lugares para visitar, cafés y mates compartidos. En un país donde se sienten "extranjeras", igual mantienen la sonrisa. Y la amistad.
Una celebración que nació en argentina
El 20 de julio de 1969, mientras miraba por televisión la llegada del hombre a la Luna, el argentino Ernesto Febbraro se prometió a sí mismo que ese día sería de allí en adelante el Día del Amigo. "Escuché que el alunizaje era un gesto de amistad, desde la humanidad hacia el universo. ¡Ya está, es el día elegido!", contó. Y lo consiguió. El Día del Amigo se celebra hoy en más de 100 países. "Mi amigo es mi maestro, mi discípulo y mi condiscípulo. Él me enseña y yo le enseño. Aprendemos juntos y vamos recorriendo el camino de la vida", dijo Febbraro a "Prensa rotaria".
De las clases de parto a la amistad duradera
Hace dos años eran cuatro "panzonas" en clases de parto de Impasa. Todas futuras madres primerizas. La más joven tenía 23 años y la mayor, casi 40. Y allí, entre consejos de anestesistas y técnicas de lactancia, surgió la amistad de cuatro parejas, cuenta Rocío Vaz. "Los niños están cumpliendo ahora dos años entre julio y agosto. Es increíble el vínculo, además, por la diversidad de edades", afirma.
Para Rocío la clave de que naciera una amistad fue "la experiencia de haber compartido este momento tan importante para todos".
La primera vez que se vieron fuera del curso fue antes del primer parto. No sabían de la vida de los demás. Comenzaron por contarse cómo se había conocido cada pareja. Y se divirtieron mucho. Después, todos disfrutaron y celebraron el nacimiento de María Luz, la primera de los cuatro niños. Después vinieron Emiliano, Diego y Mateo.
"Fue todo una locura. Después nos reímos mucho. Compartimos toda la preparación para el parto y después María Luz nació por cesárea", recuerda Rocío.
Las cuatro parejas y sus hijos se ven cada unos dos meses. Todos fueron a los cumpleaños de un año de los demás niños. Disfrutan de la evolución de los pequeños, y ahora que son un poco más grandes, también de verlos interactuar.
"Teníamos un montón de cosas en común. Y ahora es muy lindo. Nos juntamos no sólo por los niños. Creamos una amistad que va más allá", asegura.
Los pisó el tren y ahora son una familia
YOUNG | DANIEL Sosa
En Young, la tragedia del tren creó un "hermoso grupo de amistad" que sostienen y alientan casi a diario dos mujeres, Alba Lemes de Quinteros y Selva Carballo de Campero.
Estas vecinas, quienes prácticamente ni se conocían, fueron dos de las 20 personas atropelladas por la máquina de AFE el fatídico 17 de marzo de 2006, que dejó un saldo de ocho personas fallecidas y muchos lesionados y mutilados.
El amor a sus semejantes y la unión tras el dolor han sido pilares fundamentales de este grupo formado en Young, que integran además familiares de fallecidos, el propio conductor de la maquina, Héctor Parentini, y el sacerdote Fernando Pigurina. "Tenemos un grupo hermoso, siempre nos estamos reuniendo y con Selva permanentemente nos hablamos aunque sea por teléfono", indica Alba, quien oficia como anfitriona.
"Ahora somos una nueva familia formada a partir de aquella desgracia", agrega.
Estas mujeres reafirman, con una paz interior destacable, que el vínculo las ha llevado a compartir, a "interesarnos por cada uno de nosotros siempre, con algún mate o comida de por medio. "Ya esta semana tenemos una buseca", cuentan.
Ni Alba ni Selva quieren tocar más el tema de la tragedia. "Nunca ni siquiera citamos algo en los encuentros. La amistad la iniciamos de cero desde aquel día, y es tan hermosa, tan lindo lo que nos pasa, que no lo debemos perder por nada" coinciden, animadas por una profunda fe religiosa.
"No tenga dudas que esta amistad se sostiene con la fuerza del mismo amor con que nos habíamos juntado aquel día para cinchar por el querido hospital", enfatiza Lemes.
También integra el grupo Yolanda Fazzio, quien perdió un brazo en el accidente y también se refugia en la amistad. Es quien realiza las conexiones para reunirse.
El funcionario de AFE, Parentini, conductor de la máquina, es siempre invitado a los encuentros pero ha participado pocas veces ya que vive en Paysandú.
Parentini fue procesado sin prisión y recibió en aquel momento una masiva manifestación de apoyo en Young por parte de familiares de las víctimas.