La victoria de un cabeza dura

Saralegui "se jugó" por una fórmula con la que 26 años antes, él no hubiera jugado

JORGE SAVIA

Peñarol no venía bien. Por lo menos, no llegó como en el anterior clásico: jugando de menos a más, llevándose por delante a todo el que se le cruzara al paso, incluso goleando y, fundamentalmente, "agrandado" en el buen sentido de la palabra.

Esta vez era todo lo contrario, empezando por algo sumamente importante: el adversario, que el 11 de mayo pasado venía golpeado física, mental y futbolísticamente tras la seguidilla de partidos de Torneo Clausura y Copa Libertadores que culminó con la eliminación de esta última a manos del Sao Paulo.

Sin embargo, no solo el resultado -sino el score- fue el mismo, ya que volvió a ganar Peñarol: de nuevo fue un triunfo amplio, hasta fácil.

Obviamente, por aquello de que no hay mejor táctica que la de hacer un gol, porque eso condiciona cualquier trámite cuando un partido está empatado, el cabezazo de gol de Bueno cuando iban tan sólo 8` fue gravitante o, por lo menos, muy importante, ya que a partir de ahí Nacional pareció nervioso, impreciso, erró montones de pases y, no solamente no progresó en forma adecuada, haciéndolo casi exclusivamente en sentido perpendicular, con envíos aéreos y frontales: también propició una cantidad estimable de contragolpes -preferentemente por la izquierda del mediocampo y el ataque contrarios- que desestabilizaron al fondo rival al extremo de que 3 de los integrantes de la línea de 4 tricolor ya tenían amarilla cuando apenas si se había llegado a los 35` de la primera etapa.

De todas maneras, hay que convenir que hubo un factor, sino determimante, como mínimo gravitante: la convicción de Saralegui para sostener su predilección por un tipo fútbol que en lo anímico le devolvió a Peñarol -por lo menos para partidos como el de ayer de tarde- la mística que el mismísimo Matosas señaló a su llegada que le estaba faltando, pero edificado sobre en un esqueleto estratégico muy distinto al que tenía cuando el artiguense jugaba.

Esto es, ante la falta de un baluarte en la contención del mediocampo, como es el caso de Mario Álvarez, el técnico "se jugó" con Bajter y Omar Pérez -que no son netos volantes de marca- como tapones por delante del fondo y en los momentos que fue más "conservador", retrasó por la derecha a Pacheco y por la izquierda a Olivera, para formar dos líneas de 4, que en el caso de la del mediocampo tapó -o molestó, "acompañando" a Romero y Filgueira cuando intentaban desdoblarse- las eventuales llegadas rivales por las bandas de la cancha, obligando a Nacional a "mandarse" por el embudo exclusivo de las ayer imprecisas piernas de Ligüera, y en una segunda fase -desprendiendo a Pacheco y el "Pollo" por los laterales de la mediacancha- "conectó" con vivacidad a todo el equipo con la dinámica, pujanza y profundidad que expusieron el "Lolo" Estoyanoff y Bueno en el ataque.

Es más, la "terquedad" de Saralegui fue tal que en el primer tiempo el índice de contención que aportó esa línea de 4 volantes fue escaso: Peñarol volvió a tener "groggy" de entrada a Nacional como en el anterior clásico, con lo hecho desde el medio para adelante, y si bien no "sufrió" tanto defensivamente como el 11 de mayo, cuando Nacional -mal o bien- logró atacarlo, la que "bancó" fue la línea de 4 de la retaguardia.

En esas circunstancias, entonces, Saralegui volvió a "jugarse": ganando 1-0, en vez de reforzar la marca en el medio, siguió una línea de pensamiento táctico con la cual, probablemente, si hubiese sido técnico-jugador en el Peñarol del 82, él o Bossio no hubieran integrado la "histórica" dupla de fogoneros que se constituyeron en los "herederos" de la que Nelson Acosta y Ramón Silva habían formado unos años antes.

Es decir, el artiguense "se mantuvo en sus trece" y, si bien Bajter y Pérez se afianzaron en la marca, Pacheco y Olivera -fundamentamentalmente el "Pollo"- se proyectaron más y, si Peñarol no hizo cuatro goles como en el clásico anterior, o más si acaso, fue porque Viera "salvó la plata". Por eso, pues, aunque esta vez llegó peor, ganó igual -o hasta mejor- que el 11 de mayo; siguiendo un norte: el de un artiguense, sin que ahora tuviera que ver el del Sao Paulo.

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