BUENOS AIRES | LA NACIÓN/ GDA
Junto con los cacerolazos y los Fabulosos Cadillacs, algo más volvió en el país de Cristina Fernández: la vieja usanza de intercambiar bienes y servicios sin dinero, que tuvo furor en plena crisis de 2001.
En rigor, el trueque nunca había desaparecido del todo, aunque después de 2002 quedó reducido a un núcleo pequeño y estable de participantes. Pero en los últimos meses, de la mano de la aceleración de la inflación, el retorno a la pobreza de algunas franjas de la población y la incertidumbre sobre el abastecimiento de varios productos por el conflicto con el agro, renació el interés popular por los centros de intercambio, donde no hacen falta billetes para adquirir un kilo de acelga, un corte de pelo o un pantalón.
En la Red Global del Trueque -grupo que inició estas prácticas en 1995- afirman que desde marzo, cuando comenzó la pelea por las retenciones, el número de consultas que reciben por teléfono y correo electrónico y las visitas a su página de Internet "se duplicaron o incluso más" respecto del 2007.
También está creciendo la cantidad de asistentes a los clubes que ya existían. Un galpón de Isidro Casanova, en el oeste del Gran Buenos Aires, donde tiempo atrás funcionó una fábrica de muebles para oficina, es hoy la sede del Club del Trueque del partido de La Matanza. El año pasado llegaban a juntar hasta 200 personas, según recuerda Jorge Villar, uno de los organizadores. "Pero ahora, los sábados superamos las 400 y a veces llegan a 500", declara. "Se duplicó la cantidad de personas porque hay mucha necesidad y la gente está sin trabajo".
El movimiento en los últimos días ha sido intenso y los créditos -similares a billetes de varias denominaciones, pero siempre con la leyenda de "valor humano energético" debajo del número- circulaban de mano en mano: la vendedora de un viejo pulóver podía usarlo para comprar una docena de churros, y después esos créditos terminaban en manos del hombre que ofrecía apliques eléctricos, que quizá juntaba para volver a su casa con un champú y un litro de aceite. Juan Carrizo tenía una fábrica de ollas y artículos de cocina que tuvo que cerrar a fines de los 90. Ahora aprovecha para trocar la mercadería remanente en este galpón con paredes en las que resaltan los rostros pintados de Perón y Evita. "Esta cacerola afuera cuesta 60 pesos, pero acá la vendo a 1.100 créditos", cuenta. Un peso se cotiza allí adentro a 30 créditos. "Pero con esos créditos, lo que compro acá no lo puedo comprar con los 37 pesos (que equivalen a los 1.100 créditos). Yo después compro acá azúcar, yerba, fideos, todo lo que me falta".
A pocos metros, Elba Chévez despliega algunas prendas usadas en una tabla apoyada sobre neumáticos viejos. "Vengo al trueque, vendo mi ropa, y me puedo comprar todo lo que no puedo durante la semana. Llevo ropa para mis nietos y también comestibles", dice.
En Lanús (sur del conurbano bonaerense), funciona desde hace medio año un club del trueque que se reunía en un antiguo boliche. En su corta vida ya reunió 200 personas y sus organizadores iniciaron una etapa de reclutamiento. "Visitamos a la persona; vemos si está en el ámbito laboral formal o no, y, si no, le explicamos por qué debería pertenecer a la red. También le contamos las modificaciones que podemos adoptar para que no vuelva a suceder lo que pasó la otra vez", dice Walter Ramírez, un instructor docente de Rafael Calzada, en referencia a los fraudes que surgieron con la masificación del trueque en 2002 (ver aparte).
El consumidor que es a la vez productor
Un aspecto que ha sido reelaborado con el renacimiento del trueque es la relación del participante con el producto que ofrece. Se intenta evitar que el trueque sea un intercambio de ropa usada. El concepto es el del "prosumidor", el consumidor que produce.
"Cuando el trueque estuvo en su mejor momento (con nodos que llegaron a juntar entre 10 mil y 20 mil personas), el quiebre fue que no se guardó la cultura del trabajo", señala Walter Ramírez.
Ramírez afirma que "la crisis de los últimos 100 días fue el impulso final para salir a reflotar el trueque, porque afecta más al consumidor de abajo". Y añade: "La recesión encubierta provoca que la gente necesite más de los alimentos que consigue en el trueque. Como el alimento está caro, el que produce puerros puede cambiarlos por los huevos que produce el que tiene una gallina". Aparecen también iniciativas que escapan a las redes tradicionales del trueque. La directora ejecutiva de Cáritas La Plata, Graciela Ferrara, cuenta el caso de Beatriz Ramírez, viuda, con 9 hijos y 29 nietos, que hace un par de meses invitó a sus vecinas a intercambiar alimentos y desde entonces se juntan todos los domingos.
Mucha gente tiene todavía vivo el recuerdo de la debacle de los clubes del trueque, cuando fueron inundados por falsificaciones de los créditos, sufrieron de inflación interna y hasta hubo robos. Una de las ideas que manejan en el que funciona en el club Lanús es reemplazar los créditos con fichas, que no puedan ser falsificadas. La nueva tendencia es que los clubes sean más chicos, para evitar las estafas de quienes se amparan en el anonimato. LA NACIÓN/ GDA