EDWARD PIÑÓN
Fue de película y no es un cuento. Ganó Liverpool de atrás y eso que hasta estuvo a centímetros de ser goleado. Perdió Peñarol y no es una derrota simple, es de esas que duelen en el alma y matan sueños.
Daba para creer que se venía una nueva victoria a lo Peñarol, con diez hombres, pero el final fue infartante.
Cuando Carlos Bueno convirtió el golazo que llevó el marcador 3-1 a favor de Peñarol, la hinchada carbonera inundó de cánticos el estadio de Belvedere porque la historia parecía liquidada. Pero se dejaron llevar por el resultado, porque la forma en la que se desarrollaba el partido no se reflejaba en ese tanteador.
Liverpool, es justo precisarlo, había hecho hasta ese momento tantos o más méritos que el aurinegro para dominar el cotejo en todos los rubros, y no sólo el de la posesión del balón o las llegadas profundas.
Además, si bien su defensa ofreció grandes franquicias para que Antonio Pacheco metiera con la "mano" (ayer su botín derecho pareció un guante) pases mágicos para Fabián Estoyanoff y Carlos Bueno, del otro lado le abrieron una tienda de liquidación, porque cada jugada hilvanada por los costados terminaba a punto de llevarse todo lo que estaba en juego.
Por eso no sorprendió lo que pasó más tarde. Es que por encima del hombre de más que tuvo el elenco de Eduardo Favaro por la correcta expulsión de Mario Álvarez en el final del primer tiempo, los muchachos de la "Cuchilla" demostraron tener las ideas bien claras y la convicción absoluta que no bajando los brazos e insistiendo por el camino de la penetración en el área rival, se podía salir adelante. Y no se equivocaron.
Con la fuerza de Carlos Macchi en el medio, con las filtraciones de Carlos Rodales, la soberbia zurda de Paulo Pezzolano para armar el juego y la potencia que le agregaron a sus proyecciones ofensivas los ingresos de Maximiliano Montero y Paolo Patritti al 1-3 lo transformaron en un empate espectacular. Sorprendente.
La igualdad en el marcador convirtió al cotejo en un viaje de ida y vuelta constante de un área a la otra. Ahí el partido lo pudo ganar cualquiera, porque Estoyanoff y Bueno acariciaron el cuarto gol en un par de oportunidades. Es más, el contragolpe que derivó en el tanto de la victoria negriazul apareció después que el dueño de casa sufriera un asfixiante encierro a puro coraje aurinegro.
Obviamente, jugado por la necesidad que tenía de sumar los tres puntos para no dejar que se esfumara la ilusión en el Clausura, Peñarol quedó más regalado que nunca en el fondo (jamás estuvo seguro a lo largo de los 90) y Pezzolano sacó otra obra de arte para armar la jugada que le posibilitó a Montero clavar el 4-3.
Fue de película. Si hasta llegó un gol de Bueno anulado por posición adelantada, que pudo ser el 4-4. Terminó siendo un triunfo histórico de Liverpool y casi un adiós al título del mirasol.