Están pero no se ven

DIEGO FISCHER

Son descendientes directos de la elite argentina fundadora de Punta del Este. Sus nombres de pila se reiteran de generación en generación. Sus apellidos forman parte del nomenclátor porteño o de edificios emblemáticos del Barrio Norte, claro.

Son los Alvear, Anchorena, Álzaga, Blaquier, Bullrich, Chopitea y O`Farell. Por alguna calle o shopping homónimo, usted debe haber transitado en algún viaje a Buenos Aires.

Sus casas están en San Rafael, en la parte antigua de la península o sobre la Mansa. Se los puede identificar por su elegancia y por su tonada y cadencia al hablar.

Abuelos, padres, hijos, nietos y bisnietos mantienen intacta la devoción por este balneario.

Se sienten en su casa. Y al igual que Adolfo Bioy Casares -uno de ellos- consideran que los uruguayos son "reposados y corteses; la cara amable de una misma cosa" .

Comentan como un galardón que no han dejado de venir un solo verano a Punta del Este, desde que nacieron. Los mayores lo hicieron aún, a comienzo de la década de los cincuenta, durante los dos primeros gobiernos de Juan Domingo Perón. Años en que los argentinos tuvieron trabas casi insalvables para viajar al Uruguay y los uruguayos necesitaban de pasaporte y visado especial para ingresar a Argentina. Tampoco, en los 80 ni en los 90, cambiaron a Punta del Este por Miami. Y no renunciaron a viajar a territorio oriental, desde que los puentes fueron bloqueados. Mantienen los ritos centenarios que sus ancestros instauraron: la playa, el encuentro en el club La Terraza y las cenas -casi siempre- en casas de amigos. Se ubican lejos, muy lejos de la exposición y del ruido. Detestan la ostentación. Han estado -casi siempre- en el poder o detrás de él. Para ellos Punta del Este es elegancia y no glamour.

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