Diversidad educativa

PABLO DA SILVEIRA

La educación uruguaya está enferma de uniformidad. Toda ella está construida sobre una idea que se conoce como "el mito del único mejor sistema". Según esta idea, hay sólo una manera de hacer bien las cosas en materia educativa: en alguna parte hay un plan de estudios que es el mejor que puede aplicarse, una metodología de trabajo que es la mejor para todos, un modelo organizativo ideal para todas las escuelas y liceos.

Los padres de esta idea fueron los reformadores franceses del siglo XIX. La utopía de aquella gente era que, en cualquier día que se considerara y a cualquier hora específica, se estuviera dando la misma lección en todas las escuelas de Francia. El lema era: uniformidad pedagógica y centralización de la gestión.

Aquella idea fue discutible desde el inicio y se volvió cada vez más problemática con el paso del tiempo. Por una parte, las sociedades se fueron complejizando a causa de fenómenos como la migración, o bien fueron aprendiendo a reconocer su propia diversidad interna.

Por otra parte, la experiencia mostró que no existe algo así como "la" buena idea educativa. En educación como en casi cualquier otro campo, hay muchas maneras diferentes de hacer bien las cosas. Y lo que sin duda no hay es una manera que sea buena para todos: un método de enseñanza puede ser adecuado para una localidad pequeña pero arrojar resultados desastrosos en un barrio marginal de una gran ciudad.

En el correr del último cuarto de siglo, las sociedades democráticas han aprendido a aceptar grados crecientes de diversidad educativa.

Más aun, algunos de los países que obtienen mejores logros (por ejemplo, Holanda) cultivan deliberadamente la diversidad y la comparación entre experiencias: la calidad educativa aparece cuando muchos establecimientos, grupos docentes y federaciones de escuelas ensayan diferentes maneras de hacer bien las cosas.

La historia educativa reciente de las sociedades democráticas ha sido un proceso de creciente aceptación de la diversidad. Pero no es eso lo que ocurre entre nosotros.

En Uruguay seguimos teniendo planes de estudio únicos, que se aplican a lo largo y ancho del país. Seguimos teniendo una formación docente monolítica y, consiguientemente, prácticas pedagógicas muy homogéneas.

Seguimos teniendo un esquema de gobierno sumamente centralizado, hasta el punto de que el grueso de las decisiones educativas se toman desde un puñado de oficinas instaladas en Montevideo.

Si la literatura especializada producida en las últimas décadas tiene algo de razón, y si las experiencias registradas una y otra vez en muchas partes del mundo enseñan lo que parecen enseñar, deberíamos buscar en esta homogeneidad una de las principales causas de nuestro deterioro educativo.

El desafío de los próximos años consiste en diversificar la enseñanza y descentralizar la gestión.

Diversificar la enseñanza no significa hundirse en el caos, sino iniciar una búsqueda de diferentes caminos para que todos puedan alcanzar objetivos pedagógicos comunes.

Descentralizar no significa diluir responsabilidades ni multiplicar chacras de poder, sino abrir espacios para que florezca la libre iniciativa, para que diferentes apuestas organizativas compitan entre sí y para que la gente pueda hacer elecciones bien informadas. Una buena Ley de Educación debería crear el marco para que esto sea posible.

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