RICARDO REILLY SALAVERRI
Entre 1967 y 1971 quien suscribe junto a un nutrido grupo de gente entonces joven, militamos en el Partido Nacional, en sus coordinadoras de juventud, proclamamos aspiraciones disparatadas y asumimos todos los riesgos que aquella tarea implicaba, entre los que no era ajena la represión policial.
Al cierre de las elecciones de 1971, algunos nos dedicamos a ordenar la vida personal abandonada, y comenzamos a ver, en las pantallas de la televisión en blanco y negro, la evolución de las cosas.
Incomprensiblemente, el parlamento y los políticos que trascendían en aquellos tiempos no se daban cuenta de que una vez asignada a la fuerzas armadas la lucha contra el terrorismo, el enfrentamiento de la Libertad con el totalitarismo, "guerra sucia", se había puesto en movimiento un acontecer que se regía por normas ajenas a las de la civilización democrática secular.
Lo primero que hubo fue la organización totalitaria y antidemocrática del partido comunista, y la organización subversiva de los tupamaros, que deseaban para el país el establecimiento de un régimen subordinado a la imperialista Unión Soviética, el imperialismo rojo, afín a los hermanos Castro y el Che Guevara, con paredón y oligarquía de partido único incluida.
Tenemos a mano "Nuestra verdad" un libro compilado por el Centro Militar y el Centro de Oficiales Retirados de las FF.AA. No es novedoso. Se funda en anteriores elaboraciones.
Lo que venimos de expresar está allí largamente e irrefutablemente probado. Somos probablemente uno de los pocos estados en el mundo en el que, por plata, se jugó la tranquilidad nacional para proteger a etarras, criminales de la peor calaña, despreciados en el orbe, queriendo impedir una extradición, sujeta a normas de derecho internacionales y nacionales. Lo que venía de la mano, los delincuentes dixit, de la idea de recomponer la acción disolvente cuando a partir de 1985, se había restablecido la democracia en el Uruguay.
Sobre el contenido de "Nuestra verdad", solo cabe expresar una pregunta: lo que allí se dice ¿es verdad o es mentira?
Inocentemente, alejado del mundo de la confrontación entre militares y terroristas, pensé que la ley de caducidad, como se le conoce, ponía fin a los hechos acontecidos hace más de treinta años. Durante el gobierno del Partido Nacional -1990 a 1995- no hubo planteos relacionados con el tema, lo que daba pie a sentir las cosas de la forma que vengo expresando.
Luego, especialmente en función de las acciones promovidas por el presidente Batlle, se produjo un auge de reivindicaciones, que han logrado mantener a la nación estacionada en el recuerdo de sus horas más tristes del pasado siglo, que en un planeta presente con demanda de futuro, son una pesada mochila en la espalda del pueblo.
La más maravillosa circunstancia económica internacional probablemente de todos los tiempos de la república, es lo único que tapa el desorden generalizado que existe en la nación. Al Frente Amplio, la bonanza circunstancial no le debe ningún reconocimiento.
Me consta que los soldados profesionales que un día fueron llamados a salir de los cuarteles para evitar que nuestro país se transformase en una isla castrista, cumplieron su deber, como lo hacen ejemplarmente en las misiones de paz de la Naciones Unidas.
El abatimiento de la institucionalidad y lo ocurrido en aquellas circunstancias, deberán calificarlo las generaciones futuras.