JUAN MARTÍN POSADAS
Nuestro país, durante mucho tiempo, se sintió desligado de la región, distinto de ella y hasta un poco superior. Hasta 1950 no tuvimos mayores deseos de integración y, de hecho, fuimos una excepción en el continente. Después, los vaivenes de la vida nos fueron aproximando… ¿Uruguay tiene posibilidades de un destino propio o ya no podremos soltarnos más de los avatares del vecindario? ¿Este país puede ser algo por sí o será siempre un subproducto?
El momento en que empezamos a entrar en la región y a formar parte de un destino colectivo fue cuando la economía de sustitución de importaciones quedó simultáneamente exhausta en todo el continente. La explosión guerrillera de los años sesenta fue un fenómeno continental; tuvimos una versión propia pero con un discurso tan parecido, una simbología común y con una derrota militar simultánea en todos lados.
El advenimiento de regímenes militares fue regional y su ocaso se produjo alrededor de la misma época en todos lados. Las recuperaciones democráticas fueron sucedidas por aperturas económicas más o menos drásticas y privatizaciones, a las que le vienen sucediendo reacciones populistas. El Uruguay, que se había considerado un país de excepción -como el Uruguay no hay- y se preciaba de ello, pasó a integrar el destino colectivo de su región.
Un país no llegará nunca a ser algo que quede por encima o más allá de lo que, en su fuero íntimo, considere que cabe dentro de sus posibilidades. Más allá de discursos y teorías, lo que queremos ser se muestra en a quien nos queremos parecer. Pues bien: el Uruguay (o por lo menos algunos sectores importantes de la cultura nacional y de la fuerza política gobernante) ha prestigiado y reproduce un discurso de aceptación y asimilación a un destino regional. Se fomenta y se procura que nos parezcamos a la región, que nos complazca sentirnos parte de ella. Se trata de una complacencia ético-ideológica: somos miembros de la legión de pobres honrados, parte de un continente explotado pero altivo, nada tenemos que ver con los ricos del norte, enemigos nuestros por definición (y por geografía).
Este discurso, tan generalizado y ensalzado, implica un abandono del viejo discurso uruguayo (el cual, por otra parte, ha muerto por falta de condiciones objetivas de sustento). Pero, ojo; tiene dos serias implicancias. Por un lado esconde, bajo un falso brillo ético, la resignación al atraso y la mediocridad. Por el otro lado es mentiroso en cuanto no refleja la realidad sino en apariencia. De hecho, la esconde, porque la gente del Uruguay (como la de toda la región) no está ufana y orgullosa ni quiere parecerse entre sí. Los símbolos con los que se cubre y los objetos por cuya adquisición se desvela lo dicen todo: los championes que usan, la música que escuchan y los lugares que eligen para emigrar cuando pueden hacerlo.
El Uruguay no puede irse por la puerta del fondo del lugar que ocupa en el mapa ni puede inflar su pequeño tamaño material pero los uruguayos deberíamos obstinarnos en pensarnos antes que nada como uruguayos. Aun en la estrechez de nuestras condicionantes tenemos que mantener un norte propio. Nuestro orgullo no finca en ser parte de nada (aunque tengamos que aceptar que somos parte) y procuraremos seguir pensando como piensa el que tiene que decidir. Eso es la política. Y sólo se puede hablar de política donde el orden de la sociedad es obra de los ciudadanos y no del fatalismo o de arrastre de un destino común.