Lunes | 19.02.2007
Montevideo, Uruguay | 19:53
  - Nacional
El magisterio político, cívico y periodístico de Washington Beltrán

Hernán Navascués

"En esta mano tengo al Parlamento y en ésta otra a los militares, y desprecio más al Parlamento" dijo el entonces Presidente Bordaberry a Washington Beltrán cuando éste le reprochó la amenazante carta que había dirigido al Senado con motivo del desafuero a Erro.

El cuerpo había hecho un alto porque entonces Beltrán era el único que podía intentar una solución por los episodios que precedieron a ese hecho. Bordaberry continuó: "pero si tanto le preocupa el Senado, aquí al lado esperan los Comandantes en Jefe que están dispuestos a comprometerse por su honor a que si vota el desafuero el Parlamento no correrá riesgo".

La respuesta no se hizo esperar: "Yo quise evitar esto y es lamentable que Ud. no lo entienda. Lo que convine con el Dr. Barrios Tassano fue por la institucionalidad. No moleste a los militares que son los mismos de febrero".

Es éste un episodio, como tantos, de la vida de los hombres públicos notorios que suelen no exteriorizarse.

Pero hoy, a cuatro años de la muerte de Washington Beltrán y a treinta y seis de ocurrido el hecho, sentimos la necesidad de revelarlo, porque es con él que se cierra el intento obstinado de un hombre por salvaguardar la Constitución que tantas veces juró defender y que sentía como un legado de la sombra tan querida que marcó su destino.

Había tenido una extensa vida pública y ocupado los cargos de mayores honores. Pero en los últimos años la República sufría reto tras reto.

Primero los tupamaros, luego la reacción militar. Para evitarlo vivió el momento de mayor incomprensión de su vida política: el denominado "acuerdo nacional".

Cuando Bordaberry intentó un diálogo que no había sido un acto propio de su antecesor, consideró que no había que dejarlo aislado para restablecer la constitucionalidad plena.

Había antecedentes históricos: los "principistas" dejaron sólo a Ellauri y advino Latorre, y no quería que se repitiera ese error.

No se le comprendió y hasta sufrió la diatriba. Pero vino el 9 de febrero, y en medio de la indiferencia de los más y la esperanza "peruanista" de otros, él advirtió que ese era el principio, que se estaba jugando el destino por décadas de la República en medio de un inexplicable silencio.

El episodio posterior de "la mano amenazante" le hizo saber que la escalada era inevitable.

Su respuesta fue el voto negativo en el desafuero, señalando que los fueros no eran un privilegio a favor del legislador, sino un instituto que juega a favor del principio de separación de poderes, bastando para rechazar un pedido de desafuero la convicción de que se amenazaba a uno de esos poderes. ¡Eso era lo que defendía! Luego le llegó la proscripción, pero volvió, desafiando las consecuencias del Acto No. 4 para condenar la reforma a la que denominó un "Hulk institucional", mediante ocho editoriales, sin su firma prohibida, pero con su inconfundible sello.

Estos episodios en su conjunto constituyen la piedra angular de los últimos años de la carrera política de Washington Beltrán: evitar la caída de las instituciones e impedir su remedo.

Luego, alejado de la política activa y de las pasiones que ella despierta, se dedicó a analizar los grandes temas nacionales, ejerciendo, al decir de Jorge Batlle, el magisterio en el periodismo que había pertenecido a Juan Andrés Ramírez.

Kennedy decía que el coraje es una mezcla de triunfo y tragedia, que un hombre debe hacer lo que debe sin medir consecuencias personales, y para ello debe mirar su propia alma.

Así actuó siempre Washington Beltrán, y aquél desafío a la soledad con tal de cumplir su deber político, junto con la maestría de su pluma y su señera austeridad, son rasgos definitorios de su coraje cívico y grandeza nacional, que su ausencia no hace más que acentuar.

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