DIEGO FISCHER
Pocos recuerdan que en 1897 -diez años antes del bautismo oficial de Punta del Este- Antonio Lussich comenzó a sembrar Punta Ballena. En una década, este poeta y empresario naviero -que había sido condecorado en el siglo XIX por sus hazañas en el Río de la Plata- creó la reserva forestal más importante de la región. Lo hizo con su dinero y asumiendo todos los riesgos. Plantó entonces 1.800 hectáreas. Transformó para siempre y para bien el paisaje. Las sierras rocosas y peladas, desde el arroyo El Potrero hasta la Laguna del Diario, se convirtieron en un edén, en el que crecieron especies de los cinco continentes. Serenó los vientos. Los botánicos y paisajistas más famosos del mundo lo aplaudieron. Los expertos en peregrinación visitaban Punta Ballena para comprobar con sus propios ojos la obra de Lussich. Mientras que en Uruguay se tejían leyendas negras sobre su persona. Hoy el bosque Lussich se circunscribe a algo más de 180 hectáreas, bajo la órbita de la Intendencia de Maldonado. Es un museo. Lo visité la semana pasada. Confieso que no lo recorría desde de 2004.
Fui con un amigo argentino que decidió, hace un año, radicarse con su familia en Punta del Este y que proyecta plantar árboles en Manantiales. Con tristeza comprobé que sólo puede recorrerse parcialmente. Desde el temporal de agosto de 2005 muchas zonas del maravilloso lugar quedaron aisladas. Ya no se puede subir hasta el Aconcagua (la parte más alta y de mejor vista), ni llegar hasta la quinta. Las consecuencias de la furia de la tormenta siguen estando a la vista: árboles aún caídos, montañas de leña apilada a los costados de los caminos. Cuando uno pregunta porqué la respuesta es la de siempre: faltan recursos, no hay personal suficiente. ¿Sabrán las autoridades lo que el bosque Lussich significa para el clima de Punta del Este?