Historias de familias bloqueadas

| Fray Bentos. Un puente fantasmagórico separa a padres e hijos de un lado y otro del río

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Ayer se cumplieron dos meses de corte ininterrumpido en Gualeguaychú. Colón se suma con cortes de 12 horas diarias, y los activistas de Concordia buscarán bloquear este paso también. Tres familias cuentan sus historias de este lado del río.

Luis Sosa González tiene 75 años, y se fue para Argentina cuando tenía tan sólo 5. Allá recorrió varias provincias trabajando. Forjó su vida y formó una familia, parte de la cual vive en el "hermano" país.

En Fray Bentos concluyó su actividad laboral como operador locutor de radio Rincón.

Su hijo, Luis Enrique, vive en Concepción del Uruguay, donde cumplió 43 años el pasado 12 de enero.

Su padre cruzaba "el charco" siempre en estas fechas para llegar hasta el litoral argentino, saludar a su hijo y compartir con él al menos una semana.

Pero este año no pudo ser.

El corte le impidió abrazarlo en su día. Está desconcertado por la situación.

No logra entender cómo el diferendo ha llegado tan lejos.

"Soy mitad uruguayo, mitad argentino", dice con lágrimas en los ojos, "esto me duele en el alma".

Luis contó que su nieta también cumplió años en enero. Fue el día 2 y sólo pudo saludarla por teléfono.

Su caso es uno de tantos que como consecuencia del bloqueo sufren la distancia aun estando cerca.

Familias enteras se han visto separadas por la medida de activistas de Gualeguaychú, que desde hace 60 días cortan el acceso a Uruguay, en protesta por la instalación de la planta de celulosa de Botnia.

El bloqueo comenzó hace más de un año y ha genera- do que más del 40% de quienes proyectaban "cruzar" a Uruguay, finalmente desistieran de hacerlo por otro paso.

Pero para Luis Sosa, que durante décadas fue y vino, ya sea por trabajo, por su familia o simplemente para descansar, esta situación no tiene explicación: "siempre pagamos quienes nada tenemos que ver y no opino sobre el fondo de la cuestión, si las fábricas son buenas o malas o si los gobiernos manejaron bien o mal el tema".

En su rostro se observa una mezcla de dolor, angustia y bronca. "Si se trataba de un caso de enfermedad, hubiera pasado como fuera, aunque me costara terminar en la comisaría". Sosa considera, como otros tantos, que un "grupito" es el que está manejando el corte que tiene en jaque a dos países.

divididos. Las posturas extremadamente radicales de sus integrantes, hacen que las soluciones "moren" en un horizonte lejano.

Graciela Piccirilli, aunque nacida en Gualeguaychú, vive en Fray Bentos hace 38 años. Vino a Uruguay después de casarse y con 26 años.

Antes del bloqueo viajaba a Entre Ríos todos los meses. Allí vive su hermana y cinco sobrinos. Es propietaria de una casa que tiene alquilada, pero además iba seguido al cementerio de la ciudad, a visitar la tumba de sus padres. Se encuentra azorada por el pánico con que viven en Gualeguaychú.

A pesar de que una de sus sobrinas integra la Asamblea Ciudadana, cree que la campaña en contra de la planta de celulosa fue tan exagerada que terminó generando una situación colectiva sin lógica alguna, que hoy se vive y se respira en cada rincón de su ciudad natal.

Su hermana le cuenta por teléfono que hay mucha gente que está pensando en mudarse a otras provincias. "Me llama y me habla de las terribles enfermedades que se generarán, de que la ropa después de tenderla se llenará de agujeros y un montón de cosas más", cuenta Graciela. En las fiestas "sufrimos y lloramos mucho por no poder vernos. Esto es horrible".

Dice que no mirará la película No a los papelones porque le duele como tratan a su gente. Comenta que también se siente muy arraigada a Fray Bentos, y por esa razón le indigna cuando escucha a los argentinos insultar o hablar despectivamente de los uruguayos.

"Este conflicto me hace sentir entre la espada y la pared", dijo reflexionando en voz alta. Nelson, su esposo, es rionegrense y ha dejado de ir a la ciudad argentina para evitar problemas. "Soy defensor de esta planta que genera desarrollo y fuentes de trabajo. Opté por dejar de ir - dijo - porque inevitablemente reaccionaba cuando algún argentino me decía o me gritaba algo".

Graciela no tiene empacho en contar que si bien es nacida en Gualeguaychú, participó de la marcha que se realizó en Fray Bentos. En marzo del año anterior, unas 10 mil personas manifestaron por la calle 18 de Julio en defensa de las fuentes de trabajo y en rechazo a la injerencia extranjera. "Ese día llevé un cartel que rezó `Sí al trabajo`, porque entiendo que la ciudad estaba muy mal y ahora con este emprendimiento todo ha cambiado", señaló.

Tomás Sosa y Olga Cáceres, viven en el barrio Mato Grosso. Él tiene casi 70 años y desde hace dos que no ve a su hermana Teresa y sus cuatro sobrinos, de los cuales tres son nacidos en Uruguay y el restante en Argentina.

"Desde que comenzaron los piquetes, ellos no vienen por temor a no poder volver", dijo visiblemente disgustado.

Dice que todos los veranos su familia venía a Las Cañas y ellos iban "algún fin de semana que otro."

"Todo esto es una locura. Con mi esposo, hemos optado por ignorar la situación, porque la verdad que ha llegado a un punto tal que nos llena de sufrimiento", dijo Olga mientras se acomodaba en su silla playera sobre la vereda de la calle que corta con la ruta al balneario Las Cañas.

"Muchos argentinos paran y nos preguntan cuál es el camino. Les respondemos correctamente y con amabilidad, para demostrarle que somos gente cordial", dice Don Tomás, en respuesta a los comentarios que llegan "del otro lado".

De la tregua al bloqueo ininterrumpido

El campamento de Arroyo Verde volvió a funcionar a pleno el 13 de octubre pasado, cuando la Asamblea Ambiental de Gualeguaychú resolvió reinstalar el bloqueo después de cinco meses de tregua. El corte durante el fin de semana largo volvió a marcar un hito en las protestas contra las plantas de celulosa. La medida se reeditó durante la realización en Montevideo de la Cumbre Iberoamericana, los días 3, 4 y 5 de noviembre pasados, cuando los asambleístas además de bloquear instalaron un "muro simbólico" a mitad de la ruta 136. Aunque fue, precisamente, durante la Cumbre que Argentina solicitó al Rey Juan Carlos I de España una gestión de "buenos oficios", los asambleístas descreyeron de esta nueva instancia y para el 20 de noviembre resolvieron la reinstalación del bloqueo por tiempo indefinido. Más tarde se sumó al bloqueo uno de los cinco grupos ambientalistas de Colón, la ciudad vecina a Paysandú, que comenzó con cortes "intermitentes" que luego programó en series de seis horas diarias. El viernes pasado los integrantes de la Asamblea Popular Ruta 135 de Colón resolvieron llevar estos cortes diarios a 12 horas diarias, en un régimen que denominaron "de 7 a 7". El viernes 12 de enero pasado la Asamblea Ambiental de Gualeguaychú intentó concretar el "bloqueo a la terminal de Buquebús" en Buenos Aires. Dado que el gobierno argentino instaló una fuerte custodia a cargo de la Prefectura Naval y la Policía Federal, los asambleístas no consiguieron impedir el acceso de los viajeros a la terminal de Puerto Madero. Pese a contar con el apoyo de otras organizaciones sociales y políticas bonaerenses, la manifestación no logró congregar a más de 500 personas. Ese mismo día, el grupo denominado Movimiento Territorial de Liberación -estrechamente vinculado al Partido Comunista argentino- impulsó el cierre del paso Salto-Concordia. Sin embargo, un nutrido grupo de militantes peronistas afines al gobernador entrerriano Jorge Busti, impidió la concreción del corte. Esta semana los activistas concordienses proyectan un nuevo corte.

El temor de no poder morir en su propia tierra

Virginia Socías tiene 21 años, pero ha vivido distintos momentos en la evolución del conflicto. Vive en Fray Bentos, pero su mamá, su abuela y hasta su madrina están en Gualeguaychú.

Sin ir más lejos, el miércoles fue el cumpleaños de su abuela y no pudo ir a saludarla. "Antes íbamos en auto o en la ETA (ómnibus que cumplía el servicio, pero lo suspendió con el bloqueo) pero ahora se hace muy ca-ro, casi imposible, pagar un remise hasta el piquete y otro a Gualeguaychú."

"Culpa de esto no veo a mi mamá y a mi abuela desde hace tres meses", dice.

Sobre la instalación de la planta de celulosa, ella apoya la llegada de la inversión: "acá la situación está brava, necesitamos trabajo".

Recordó una situación que vivió toda su familia: "Un día fuimos a un comercio a comprar las cosas para el primer cumpleaños de mi sobrino. Cuando se enteraron de que éramos de Fray Bentos, la dueña del local empezó a decirnos cosas muy feas. Nos preguntaba qué futuro queríamos para el niño y además nos ofendió cuando dijo que el bebé se iba a enfermar de esto y de lo otro, como consecuencia de la celulosa de Botnia. Nos disgustó tanto que después de decirle unas cuantas cosas, decidimos marcharnos", contó Virginia.

También recordó otro episodio: "Una vez atendí a una señora que estaba desahuciada por su médico. Le quedaban tres meses de vi-da. Estaba en Buenos Aires y quería vivir sus últimos días en Montevideo. En plena mudanza temía que el corte de ruta le impidiera morir en paz y en su tierra".

De las mieles a la amargura del piquete

Héctor es un apicultor uruguayo radicado en Argentina. Viajaba todos los fines de semana para atender su apiario. Pensaba que al cabo de algunos años, podría alcanzar aquí un número suficiente de "cajones" que le permitiera vivir de la producción de miel.

El proyecto quedó trunco, de la noche a la mañana, porque se hizo inviable económicamente cruzar por otra frontera que no sea Fray Bentos. Parafraseando a Jorge Drexler, para muchos fraybentinos la luz que se ve al otro lado del río, no es otra que la del piquete, que ha generado tanto daño y disgusto en ambas márgenes del río Uruguay.

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