Fiesta muy amable

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Darwin Borrelli

FABIAN MURO

El éxito de una apuesta no siempre se mide con un único parámetro. En los últimos cinco años, los organizadores de festivales musicales han hecho del crescendo de números el caballito de batalla: cuanto más gente y más bandas, mejor.

Los Pilsen Rock, las Fiestas X y los conciertos celebratorios de grupos como La Vela Puerca, No Te Va Gustar y Buitres fueron ejemplares en ese sentido: como un proceso inflacionario, todo apunta hacia la acumulación: más y más equipos, más y más luces, más y más público.

En ese contexto, el Voxpop, realizado el sábado por la noche en La Pedrera ha sido, desde que comenzó hace tres años, un rara avis, cuyo éxito tiene más que ver con la generación de cierto clima bohemio y cool que a menudo es incompatible con las grandes masas de gente.

Visto de ese modo, el Voxpop fue nuevamente un éxito. Aunque con bastante menos gen- te que el año pasado, no deja de ser un placer, por una vez, poder caminar sin chocarse, ir al baño sin hacer larguísimas colas o comprar una bebida sin tener que esperar veinte minutos. Desde el escenario, ese panorama tal vez no sea tan alentador. Pero para los que están abajo, la relativa escasez de público fue una bendición, traducida en una mayor comodidad.

Con una propuesta artística que trata de abarcar más estilos que el Pilsen Rock pero menos que la Fiesta X, el Voxpop del sábado fue el primero sin artistas extranjeros de renombre importante. En ediciones pasadas, bandas como Babasónicos y Catupecu Machu contribuyeron a engrosar el número de asistentes. Este año, sin invitados internacionales, el escenario principal fue todo uruguayo: allí estaban Luciano Super- vielle, Buenos Muchachos y Sórdromo. Aunque Supervielle, como integrante del Bajofondo Tango Club, tiene parte de su identidad artística en Argentina y no sólo eso: dos músicos de su banda, Martín Ferrés y Javier Casalla, son porteños.

El tecladista y compositor fue el encargado de abrir, a la una de la mañana del domingo, el escenario mayor. Sin otras novedades que un contagioso adelanto del próximo disco de Bajofondo -un tema saltarín y bailable surcado por un zumbante groove, como si una chicharra se hubiese tomado una dosis de ácido lisérgico y saliera a cantar de noche-, Supervielle volvió a tocar los temas de su primer disco, editado hace dos años.

Aunque se trate de material ya archiconocido, su show fue el mejor de la noche. La brevedad del concierto, una astuta disposición del repertorio y una banda que ya se conoce a fondo fueron algunos de los factores que contribuyeron a la impresión. Otro fue el provecho que Supervielle y sus músicos le sacan a las maleables composiciones del disco, que en vivo mutan del loun- ge al drum&bass, de los aires `piazzolleanos` al rap y del techno al candombe procesado digitalmente. Una vez concluido el concierto, lo que queda es la sensación de haber visto y oído a una banda de rock que atraviesa una etapa con algo menos de inspiración -el disco de Supervielle parece haber cumplido su ciclo ya- pero mucho oficio y entusiasmo. Todo lo que caracteriza a un buen concierto de rock estuvo en el show de Supervielle: intensidad, volumen, contundencia sonora y energía.

Por fortuna, todo eso permaneció en el escenario cuando salieron a tocar los Buenos Muchachos. Otra banda rara en el rock nacional. Demasiado oscuros para algunos, no lo suficientemente retorcidos para otros, los Buenos Muchachos navegan por aguas propias, sin mirar hacia otro norte que esa única y gran canción que va cambiando de cara y color a medida que los músicos le agregan y quitan partes a lo largo de una discografía que ya va por su cuarto título. Los Buenos Muchachos hicieron un concierto que, como siempre, estuvo signado por ese ir y venir entre los polos que delimitan su mundo musical: de la instropección arpegiada de la dupla de guitarristas hasta la furia sónica que puede derribar resistencias o espantar para siempre al incauto o timorato. En los espacios alternativos, la electrónica, el pop y lo bizarro fueron otra vez los condimentos del festival. Travestis, DJ`s, el electropop porteño de Qué Out Ey, el inclasificable Dani Umpi fueron algunos de los que le agregaron el toque distintivo al Voxpop, que convocó a menos público que los dos años anteriores pero mantuvo sus característicos rasgos de fiesta amable y algo aletargada.

alternativas para mejorar la estadía durante toda la noche

1

A pesar de numerosas consultas a la organización, fue imposible obtener el número oficial de asistentes. A juzgar por ediciones pasadas del Voxpop, ésta tuvo una asistencia similar a la del primer año a la que fueron 7.000 personas. Había mucha competencia. La misma noche, quien estuviera por el Este podía optar por Vicentico (Mantra), o las ondas de electrónica disparadas por Erick Morillo en del East Fest.

el público

2

Nuevamente hubo bodas en la madrugada. Con un imitador de Elvis que ya ha visto mejores días -El Rey nunca lució tan desgarbado y flaco como su imitador- parejas de todo tipo pronunciaron el "sí, quiero". Las más eran por iniciativa propia, otras parecían resultado de exhortos de mensajes de texto que circulaban en pantallas gigantes: "Jorge, ¡encará y casáte en la carpa!".

casamientos

"Sea un estrella por un ratito". Era el lema de dos espacios dedicados a popstars imaginarios. Uno tenía karaoke con pantalla gigante, donde tres jóvenes asesinaron sin culpa y mucha alegría Me siento mucho mejor, de Charly García. Verlos era comprobar que siempre se puede desafinar más. En el otro escenario, había bajo, guitarra y batería a disposición de quien quisiera payasear un rato.

3

fugaces

Entre tanto pop alternativo, electroclash y techno, desconcertaba escuchar, cuando el escenario principal quedaba en silencio, canciones de rock chabón: Callejeros, Redondos, La Vela, Bersuit y otros se matizaban con el populismo de Paola Dalto o el hermetismo de Recycle. Como dijo la cantante de Qué Out, que actuó en bombachas : "Tolerancia chicos, tolerancia".

4

tolerancia

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