MATÍAS CASTRO
La última onda es adoptar. Es un lujo que queda tan lindo como exhibir una casa millonaria en una revista. No hay avisos que lo recomienden en la televisión porque la moda es entre celebridades, así que el vulgo debe abstenerse. Además, alguien de clase media se las vería en figurillas a la hora de adoptar un niño africano.
Madonna se fue hasta Malawi y consiguió un niño. Angelina Jolie y Brad Pitt, no conformes con dar a luz en Africa, dijeron que ahora quieren adoptar un niño. Y la última en sumarse a esta corriente es Jennifer Aniston, que aburrida de que nadie le preste atención con sus películas ni con su separación de Vince Vaughn, "comenzó a replantear sus prioridades" y parece que adoptaría. A falta de una mejor idea, anunció eso. Cuando estuvo en pareja con Brad Pitt se negó a tener un hijo. Ahora que Angelina dice que adoptará, ella también quiere uno, aunque no aclaró si lo quiere africano.
Todos estos trámites traen a veces beneficios. ¿Cuánta gente escuchó hablar de Malawi antes de la adopción de Madonna? La cantante hizo un doble favor, le dio una vida de lujos y sicólogos caros a un niño desnutrido y puso a su país en el mapa. Gracias Madonna.
Pero también hay contras. El padre del niño no deja de salir a hablar públicamente, y hace pocos días se quejó de que no sabe cómo está su hijo y que no le puede preguntar a Madonna porque no tiene su email. Este tipo de reacciones son efectos secundarios en algunos procesos de adopción, más comunes en los casos en que los adoptantes salen frecuentemente en la televisión y las revistas.
¿Será que desde que se descubrió que Nicole Richie, hija adoptiva de Lionel Richie, también podía convertirse en una figura mediática sin necesidad de trabajar, se ha descubierto el potencial que tienen? Si es así, es una apuesta a largo plazo.