DANIEL HERRERA LUSSICH | EN WASHINGTON
El hombre que recibe los golpes y las miradas furiosas es George W. Bush. Paga su inflexibilidad, soberbia y el cerco que levantó en torno a la Casa Blanca, abriendo las puertas sólo para unas raras excepciones.
Esas excepciones son Donald Rumsfeld, el vice Dick Cheney, su asesor, ojos y oídos Karl Rove y la secretaria de Estado, Condoleezza Rice y en el exterior el arrepentido británico Tony Blair.
Hoy absolutamente aislado, sin Rumsfeld, la primera víctima de la catástrofe electoral, sin la voz de John Bolton, el embajador ante ONU, obligado a renunciar ante las negativas demócrata y de las propias filas oficialistas, de renovarle la venia. Ahora sólo con Rove, Cheney y Rice, aparentemente sin voz ni voto y de cabeza gacha, ha traspasado la batuta a los viejos amigos y asesores de la familia, iniciados en la lucha política en la presidencia de George Bush, padre.
Y las caras nuevas son antiguos conocidos: James Baker, ex secretario de Estado y conductor de la segunda campaña electoral de Bush padre, presidiendo el Estudio sobre Irak o el nuevo ministro de Defensa, Robert Gates, ex CIA y también asesor de Bush padre, observándose en los últimos días la presencia de Jeb Bush, el hermano menor, gobernador de Florida, posible candidato a disputar la carrera presidencial republicana en 2008.
Pero las interrogantes son múltiples. ¿Realmente está Bush dispuesto a tender hilos de entendimiento con el Congreso de mayoría absoluta demócrata? ¿Aceptará cambios radicales en la estrategia de la guerra de Irak y exhibirá cierta disposición a abrir el diálogo con Siria e Irán? ¿Aceptará mediar en el conflicto de Israel y palestinos?, ¿Seguirá prescindiendo del Poder Judicial en los juicios a prisioneros y en las escuchas telefónicas?
Todos estos temas que urgen y exigen inmediata definición, sabe George W. Bush que cuando incline la balanza para un lado u otro, dividirán los cuadros internos. Hasta ahora ha gobernado con especial preferencia con los neoconser- vadores, el sector duro de los "halcones" y los casi fanatizados religiosos, grupos que pelearán hasta el final para no ser desplazados e impedir que los sillones de la Casa Blanca los ocupen los republicanos "pragmáticos" de la época de Bush padre y se inicien alianza y una época de buenas relaciones con la oposición demócrata.
Y falta mirar hacia el principal protagonista, el pueblo estadounidense, que tuvo un pronunciamiento categórico en las recientes elecciones parlamentarias y parciales de gobernadores, dándole la espalda a la conducción de Bush en la guerra de Irak y a su férreo criterio de gobernar con unos pocos y cerrado a toda sugerencia que no llegara del círculo íntimo.
A esta altura los analistas universitarios y los círculos privados, del cual son tan amigos los americanos, han dividido sus opiniones. Unos piensan que el golpe electoral fue muy severo y obliga a George W. Bush a un notorio viraje hacia una apertura política.
Otros sostienen que lo que muestra Bush hasta ahora (las caídas de Rumsfeld y de Bolton), son sólo fuegos de artificio, simples maquillajes, pero que seguirá manejando durante los dos próximos años que le quedan de presidencia respaldado en la línea dura republicana, confiado en el mensaje de Dios, sin abrirse al diálogo y convencido de que la verdad está en "permanecer en Irak hasta la victoria final".
Negativo. Y el pesimismo se palpa en las calles y en la prensa con respecto a la posibilidad de que Bush tome como guía el Informe Baker, en especial el capítulo que afirma que "el enfoque actual de Estados Unidos en Irak no funciona, la situación es grave y peligrosa y se deteriora, hay que pensar en el cambio de un ejército de combate, de 140 mil hombres como actualmente, que se retiraría en forma gradual, por un grupo de fuerzas sólo para adiestramiento, de no más de 10 mil efectivos".
Pero dos actitudes y una frase del presidente Bush, observadas a través de las pantallas de TV transmitieron perplejidad al pueblo de Estados Unidos. El presidente a las puertas de la Casa Blanca movió negativamente la cabeza ante las palabras de Baker afirmando que esperaba que a principios de 2008 las tropas estuvieran afuera de Irak, y luego ante la su- gerencia de iniciar conversa-ciones con Siria e Irán y de tomar la iniciativa para resolver el conflicto israelí-arabe, dijo suelto de cuerpo: "el trabajo incluye proposiciones muy interesantes y las estudiaremos seriamente una a una, entre otras fórmulas para Irak que tengo sobre mi escritorio".
"Las cosas van mal", reconoce
El presidente Bush indicó ayer que "las cosas van mal en Irak", un día después de que saliera a luz un informe que su-brayó que la situación es "grave y se deteriora" en ese país. A pesar de todo, Bush, objetó las principales recomendaciones del informe del Grupo de Estudios sobre Irak, pero aceptó darle un empujón a la paz en Medio Oriente, tras conversar en Washington con el primer ministro británico, Tony Blair. Bush mostró sus reticencias para entablar un diálogo con Irán y Siria y rehusó refrendar la fecha tope del primer trimestre de 2008 que dio el Grupo de Estudios para sacar a las tropas de Irak. Sin embargo los días malos no paran. Ayer las autoridades estadounidenses confirmaron que 11 soldados suyos murieron el miércoles en Irak. Estas nuevas bajas son anunciadas luego de un fin de semana particularmente cruento y aumentó a 31 el número de los efectivos estadounidenses fallecidos en la primera semana del mes en Irak. Al menos 69 soldados fueron muertos en noviembre y 105 en octubre, la cantidad mayor para un mes desde enero de 2005. Al menos 2.919 soldados estadounidenses han muerto desde que la guerra comenzó en marzo de 2003, según un recuento de la agencia The Associated Press.
"Incluso lo he leído"
"El informe sobre Irak es muy interesante. Incluso lo he leído", dijo el presidente George W. Bush, en tono de broma, dado que no tiene fama de gran lector, en referencia al reporte de la comisión bipartidaria sobre Irak que encabezó James Baker.