ENRIQUE BELTRÁN
El Presidente Vázquez casi al finalizar el segundo año de su gobierno, se ha mostrado dispuesto a restablecer el diálogo con los dirigentes de la oposición. Le ha correspondido iniciarlo con el Partido Nacional a través del Presidente de su Directorio Dr. Jorge Larrañaga. Presumo que esta vez, será dirigida a procurar alguna forma de entendimiento para atenuar esa política casi au-tista, que ha caracterizado la gestión del partido de gobierno. Se ha mostrado tan engreído que hasta pareció creer que el país recién había nacido con él, o por lo menos con él había nacido lo único valedero que en él habían encontrado.
Acorde con ese desvarío, se fue imponiendo el exclusivismo en la di- latada administración pública como si fuera un feudo propio. Es un regresivo salto hacia más de un siglo atrás, realizado, esta vez bajo la invocación del progresismo.
Las críticas, generalmente por debajo de las merecidas, despertaron, casi siempre irritación, cuando no, la sospecha de oscuras conspiraciones. Como si se tratara de un abuso difícilmente tolerable, cuestionar la gestión de los gobernantes, porque ese partido tendría un privilegiado derecho. El de hacer la oposición más feroz y negativa cuando no está en el gobierno. Pero llegando a él se torna inatacable y la críti- ca se hace condenable, por mal intencionada siempre, y a veces, por ser hija de un complot.
Sin embargo, poco antes que el Dr. Vázquez asumiera la Presidencia de la República, convocó a los partidos de la oposición y en un ámbito que pareció de tolerancia y diálogo se firmó un acta donde se recogieron acuerdos programáticos para una política de Estado en materia educativa, económica y política exterior. Todo eso quedó prontamente en el olvido del gobierno o pasó a cargo de su menosprecio. A lo largo de los meses, más se concentró el poder, y más poder a las corporaciones que en su mayoría son otros tantos brazos políticos del oficia-lismo.
Todavía, el episodio de la convocatoria en la madrugada para aprobar de apuro la incorporación al Mercosur de Chávez, más que la de Venezuela, fue la cercana demostración de ese soberbio abuso de poder que ence-rrado en sí mismo no tiene tiempo ni interés para el derecho ajeno. Las características del Congreso educativo que se celebra casi simultáneamente con esta reno- vación del diálo-go, en principio se inscribe en esa misma línea de encierro partidista. De manera que la apertura está rodeada también de empecinadas intransigencias, que no se sabe si son los vestigios de una política anterior o nuevos índices de su continuidad.
El frenazo de la Fiscalía de la Corte y la expectativa por renovar la integración del Tribunal de Cuentas y de la Corte Electoral, últimos reductos de las minorías que han sobrevivido por disposición constitucional a la arrasadora ma- rejada exclusivista, fueron en muy buena parte las de- terminantes de esta nueva apertura. Es bien claro que la designación del Fiscal de Corte, de manera que se ajuste a las disposiciones constitucionales, poco tie- ne que ver con los otros planteamientos que han de apuntar a acuerdos sobre políticas de Estado. Entre otros la política internacional, la reanimación del Estado de Derecho y el tema de la Educación. Es tan esencial, que creo necesario inclusive, que se debe reclamar presencia en la dirección de sus organismos rectores.
Los últimos reductos de las minorías sólo deberían negociarse si se obtienen garantías suficientes de que esos postulados que se acuerden serán cumplidos.