EL CAIRO | THE ECONOMIST
Medio Oriente no ha sido ajeno a la fatalidad. El conflicto más duradero del siglo pasado, entre israelíes y palestinos, aún está vivo. Las primeras guerras del siglo XXI también ocurren allí, en Afganistán, Irak, el oeste de Sudán y Líbano.
Ante esto, Occidente tiene una larga tradición de encontrar rivales en la región. En la década de 1950 fue Nasser, el apasionado líder panárabe egipcio. En los 70 fue el terrorismo palestino; en los 80, la revolución islámica de Khomeini; en este siglo, Al Qaeda, y ahora otra vez el Irán revolucionario, quizás algún día con armas nucleares.
Algunas de esas presuntas amenazas al orden mundial han sido izquierdistas y nacionalistas, otras reaccionarias y religiosas. Pero todos han sido movimientos de resistencia, inspirados por una perenne urgencia popular por desafiar la dominante injusticia del día, llámese colonialismo europeo, sionismo, hegemonía estadounidense o gobiernos locales "vendidos" a Occidente.
El más creíble grito populista aún es "resistencia". El hombre fuerte de Sudán, Omar al-Bashir, condenó el propuesto despliegue de tropas de la ONU en Darfur como la avanzada de una nueva Cruzada. Los chiitas y los sunitas en Irak podrán estar combatiendo entre ellos por el poder, pero el llamado a "resistir" la ocupación estadounidense y al débil gobierno gana seguidores diariamente. Hezbollah consigue vítores regionales cuando golpea a Israel.
Lo que cambió es que el llamado a resistir inspira un entusiasmo inédito, galvanizando a dispares corrientes políticas, seculares, nacionalistas e islámicas. El elemento religioso alimenta la convocatoria. Y últimamente el impulso a resistir se ha visto reforzado por el declinante prestigio del contrapeso, EE.UU., los gobiernos moderados de la región y la minoría liberal.
El signo obvio de esta renovada atracción por la resistencia es el reforzamiento de un frente de rechazo construido alrededor de la alianza entre Irán y Siria. El lazo entre los regímenes de estos países -uno ostensiblemente secular y nacionalista árabe y una dictadura sectaria, el otro una teocracia chiita- se arrastra desde hace un cuarto de siglo. Se forjó en oposición a un vecino común, Irak, por entonces bajo Saddam Hussein. Pero el alcance de los intereses compartidos de esta extraña pareja se amplió con el tiempo. Ha incluido metas como mantener a Líbano bajo el pulgar sirio, minar cualquier avance a la paz entre Israel y los palestinos o encargarse de que Estados Unidos se empantane tanto en Irak que ni se le ocurra intentarlo en otras partes. La alianza Irán-Siria también abarca pequeños clientes que comparten esas metas, como los principales partidos islámicos de la "resistencia" en Líbano y Palestina, Hezbollah y Hamas.
No hace mucho esa desgarbada relación estaba muy alicaída. En 1997, los iraníes eligieron a un presi-dente liberal, Mohammad Khatami, quien aparecía como un intento por aliviar la impronta confrontacional de sus predecesores. A comienzos de 2000, Siria estuvo cerca de acordar la paz con Israel (de hecho muy cerca: las alturas del Golán, que se mantienen disputadas, son una franja de apenas 150 metros de ancho). A pesar de que fue saludada como un victoria de la resistencia por Hezbollah, el retiro unilateral de Israel del sur de Líbano puso en duda la necesidad de continuar la resistencia de las guerrillas libanesas.
Los últimos años frenaron esa tendencia. El colapso de Camp David y la irrupción de una segunda intifada radicalizaron a los palestinos, con el resultado de que en las elecciones de este año ganó Hamas. Desilusionado por el corrimiento de Washington hacia un mayor apoyo a Israel, Siria se dedicó a darle armas a su cliente libanés, Hezbollah y a ofrecerle un santuario político a Hamas. Los radicales iraníes, en tanto, consiguieron hacer presidente a Mahmoud Ahmadinejad.
Por sobre todo, fue la política estadounidense la que alentó a la resistencia. En su represalia de los atentados del 11/S, la administración Bush eligió dirigirse a lo que considera "estados patrocinantes" del terrorismo. También unió a grupos como Hezbollah y Hamas -que tenían una agenda doméstica y no amenazaban a EE.UU.- con Al Qaeda, que declaró la guerra contra la superpotencia y "judíos y cruzados".
En mayo de 2002, la Casa Blanca agregó a Siria a su "eje del mal" (antes Irán, Irak y Corea del Norte). Pareció raro porque Siria cooperaba con contrainteligencia terrorista e Irán ayudó a derrocar al Talibán en Afganistán.
La invasión a Irak produjo una ola de respuestas airadas. La intrusión amenazaba crear una brecha física entre Siria e Irán y por eso reforzó la amistad.
Aun más, la invasión apuntaló la vieja tesis de que la intención de EE.UU. es dividir para gobernar el mundo musulmán, para controlar su petróleo e imponer la cultura occidental. Aquí, despertando inquietantes recuerdos, había un Ejército cristiano pisoteando tierra musulmana en lo que George W Bush alguna vez llamó, descuidadamente, una "cruzada" antiterrorista. Y aquí en el terreno estaba la "resistencia" en acción, visiblemente humillando a los guerreros intrusos.
Los moderados árabes podrían convencer a la administración Bush de que la mejor manera de aliviar la tensión es ser más flexible. El bloque "resistente" no sería tan intratable como parece. El presidente sirio ha señalado que estaría dispuesto a ceder si se le da algo a cambio; las alturas del Golán, por ejemplo. Recientes encuestas entre los palestinos revelan la misma apertura.
También es claro que un importante sector de la opinión islámica es tan fundamentalmente resistente que nunca cambiará. En esos casos, lo mejor es recordar que la gente elige la resistencia cuando se siente amenazada.