POR ALEJANDRO MENDIETA
Wilson Daniel de Mesquita es un uruguayo que, como muchos antes que él, salió a buscar mejor futuro en el exterior. Finalmente la vida lo ubicó en la ciudad española de Lleida (aunque también estuvo en Buenos Aires y Miami) donde subsistir "no es fácil por no tener los papeles, por ser indocumentado", explicó por teléfono desde el país que hace cinco meses tiene como hogar.
El pasado miércoles, Wilson viajaba en un ómnibus con su cabeza pensando en un trabajo que todavía no ha podido cobrar, cuando, al llegar a una parada, escuchó unos gritos desgarradores que llegaban desde la calle.
"Yo sentí un griterío, pensé que eran chicos pero cuando vi a todo el mundo pararse y mirar hacia atrás, hice yo lo mismo", contó. La imagen que observó le heló la sangre: una mujer de unos 45 años estaba tirada en el piso, con mucha sangre a su alrededor y un hombre, de la misma edad, arrodillado a su lado con una navaja en la mano. El hombre ya había herido a la mujer varias veces en el brazo.
Wilson no pensó: "salté del ómnibus, lo agarré de los hombros y con una mano le dominé la que sujetaba la navaja mientras lo sacaba de encima de la señora, en otro momento lo hubiera golpeado", pero ahora sólo quería dejar libre a la mujer de su violento acosador.
Lo quiso empujar hacia atrás, pero fue tan mala la suerte que, al no estar bien apoyado se dobló el pie. "Por eso se me escapó el hombre, no lo pude correr por más de 30 metros ya que me dolía mucho. Lástima que nadie me ayudó a contenerlo", dijo con cierta tristeza. Eran más de quince las personas que lo podrían haber ayudado, según recordó.
Regresó hacia la mujer y notó que brotaba mucha sangre desde su herida. Con voz autoritaria, le "ordenó" a una persona que le aplicara un torniquete para detener la hemorragia.
Wilson no tiene conocimientos médicos, aunque sí seis años de entrenamiento en Aikido, lo cual lo ayudó a contener al agresor. "Sé que el entrenamiento me ayudó, pero hubiera hecho lo mismo sin él", explicó.
Argumentó no sentir miedo en ningún momento, aunque tampoco pensó en lo que acababa de hacer. "Fue una reacción impulsiva, es un momento en que uno actúa (...) si hubieras escuchado los gritos... era como si estuviera gritando mi nombre para que la ayudara", explicó a El País.
Pero sí sintió miedo -o más bien nerviosismo- cuando se percató que la policía estaba por llegar. "Como no tengo documentos no quise meterme en problemas, le golpeé la puerta al conductor, me subí al ómnibus y me fui".
dias despues. Se enteró luego que la mujer se llama María Luisa, que el atacante era su ex marido, que tiene una orden de restricción por violento y que la estaba esperando en la parada.
Al siguiente día fue a visitar a María al hospital. Al principio sentía un poco de vergüenza de acercarse a la sala porque estaba llena de gente. Sin embargo no pudo pasar desapercibido ya que los familiares de la mujer se dieron cuenta de su presencia.
"Me invitaron a acercarme y cuando entré la señora se incorporó en la cama. Me preguntó si yo la había ayudado y le dije que sí".
Enseguida María le expresó su gran agradecimiento, se desearon suerte, se dieron un beso y este uruguayo le dejó el celular de un amigo para que se comunicara con él si lo deseaba.
Ayer Wilson recibió una llamada de la familia de María; los padres de ella querían conocerlo y lo pensaban invitar a cenar en los próximos días. Su respuesta fue categórica: "por supuesto que pienso ir".