Miguel Carbajal
Qué sucede en la cabeza de las mujeres cuando descubren en los ojos del hombre la tenaza del deseo? Se vuelven caprichosas como Angelina Jolie, o inabordables como Greta Garbo, o seres tan lejanos como Gene Tierney que parece flotar en el espacio cósmico, o autoritarias como Brigitte Bardot, o manipuladoras como Marilyn Monroe. Y se transforman en incendiarias aunque algunas de ellas se nieguen a sofocar el fuego. Luego la vida les castiga esos cálculos del desprecio con la neurosis de los años jóvenes o el deterioro físico de la vejez. Sofía Loren es una excepción con un porcentaje importante de genética y otro más importante de fotoshop.
Menuda, agraciada, castaña con vocación de rubia, Lana Turner pasó de adolescente insignificante al bombón con buzo de angora. Valorizada en sus atributos, calzada en unos tacos cada vez más altos, la actriz accedió a la perturbación visual del cine. Enmarcada en el papel de mujer fatal fue durante tiempo una pin-up de colección y luego un pilar del tecnicolor. Terminó mal, inserta en los peores mamotretos de la Metro, entreverada con un gángster y zambullida en una tragedia familiar bastante equívoca que culminó en hija con prontuario. Para entonces hacía años que el desinterés se había sedimentado en las pupilas que antes la asediaron. A su casi homónima Kathleen Turner los hombres se le volvieron de pronto sordos. Alta, contundente, bien plantada, la introdujeron en thrillers del Sur profundo tironeada entre la madurez de Richard Crenna y la virilidad de William Hurt. Era llamativa pero lo que la tornaba inquietante era la temperatura de su voz: ronca, lenta, casi letárgica, alteraba los ánimos de un público que caía hipnótico bajo el morbo de su cadencia. No fue casual que la eligieran como el sonido que salía de la garganta de Jessica Rabbit, el icono erótico del comic norteamericano. Cuando el metabolismo se le alteró, y ganó quilos, el embrujo vocal dejó de funcionar y dejaron de oírla.
El deseo es sobre todo mental. Y muchas veces un manejo del marketing. Acostumbrado a las películas de alto rendimiento, Michael Douglas aceptó ser el compañero de Sharon Stone en Bajos instintos. Venía de obtener un gran guignol en Atracción fatal, plagada de efectos especiales y una escena de seducción en el ascensor sólo superada por la violencia en mesa de la cocina de El cartero llama dos veces. ¿Cómo obtener dividendos similares? Atreviéndose a dar un paso más en el terreno del voyeurismo. Cuando la descuidada Stone se cruza de piernas ante el juez exhibiendo su falta de ropa interior, lo que se vende es la idea, no la imagen, milimétrica y tramposa. Ese acceso a la intimidad, falso o no, le valió un estrellato a la Stone y mucho dinero a Douglas. Y la confirmación de lo aleatorio del deseo.
El color de la piel es una espina del racismo. Josephine Baker con el truco de su pollerita de bananas y una epidermis canela oscura tan redondeada y lisa que funcionaba como una obsesión, puso de moda la nota étnica en los ambientes de París. Mientras la Francia de provincia se ahogaba bajo el peso de la moral burguesa, a París se le permitían todos los atrevimientos. Baker a la cabeza. Naomí Campbell, chocolate espeso y un cuerpo asesino, arribó veloz al éxito de las pasarelas, mientras caminaban detrás suyo africanas de piel todavía más espesa y cabelleras con motas. La alta costura maneja sus propias reglas y hace lo que quiere.
Lo afro-americano, como le dicen ahora, tiene un casillero fijo en Hollywood: mucho más poblado que antes pero con una integración que rara vez llega a lo explícito. Halle Berry ganó un Oscar pero no escapa a la discriminación de los malos papeles y el encasillamiento que sufre lo que no es "wasp". Pero es la falta de pasión lo que drena de deseo los ojos que la miran. Dorothy Dandridge, cuya vida recreó, era todo lo contrario. Nadie de su raza ha humedecido la nuca de los espectadores blancos como ella cuando hizo de Carmen Jones. Un par de contorneos y la adrenalina inundaba las plateas como si subiera la marea. Siempre, en el deseo, juega el factor de la química.