170 años y Williman

LEONARDO GUZMAN

En estas horas, se conmemoran los 170 años del Partido Nacional. La evocación desborda los límites electorales del lema. Quienes nos construimos vibrando con sentimientos del Partido Colorado, saludamos con respeto la inmensa contribución que la tradición blanca entregó a la historia de la República.

Sí, de la República, con todo lo que esa palabra representa: oposición a monarquías; discusión abierta de la cosa pública; cultivo de la persona; libertad.

De la República -propósito y vector- y no de la sociedad, como está de moda decir.

De la libertad entera: ni sólo la de circulación de bienes y servicios, ni sólo la de agremiarse. La de imaginar y sembrar. De ser.

Impulso y causa para el sacrificio, el nacionalismo se hace pasión desde hombres que conjugaron su destino en sus ideas y su prédica. En grandes coincidencias -1918, 1951- o radicales discrepancias internas -1933-, el Partido Nacional fue el interlocutor de los buenos y malos gobiernos que surgieron del Partido Colorado. A principios de los 70, los acentos de Wilson interpretaron la perplejidad de muchos batllistas netos que, estupefactos, veíamos intubarse una dictadura a partir de un gobierno votado por el Partido de Baltasar Brum.

Es claro que los nombres se agolpan: Ramírez en polémica admirable con Varela, Martín C. Martínez, Luis Alberto de Herrera -caudillo, internacionalista y analista, de la Revolución Francesa a la Triple Alianza y la Barca Puig-, Wilson Ferreira tendiendo la mano, por amor de la paz y la libertad, a quien, con él preso, había ganado la elección. Y tantos otros, ilustres en el periodismo como Juan Andrés Ramírez y antes Washington Beltrán, mártir.

Uno leyó de niño El Plata y El Debate, cuyos estilos militantes, más allá de las tesis sustentadas, tanta falta hacen hoy. A uno le tocó el honor, bajo la dictadura, de abrir columnas de El Día a expresiones blancas. No puede sorprender, pues, que consigne que, aun siendo el Partido Nacional obviamente contrapuesto al Colorado -los dos nacieron mucho antes que la construcción racional del balotaje-, la conmemoración me hace desfilar hondas emociones: desde la unción con que nos hemos parado en los cerros verdes de Masoller donde cayó Aparicio Saravia hasta la marcha Tres Arboles y el No hay quien pueda con Herrera -cantando el cual Sciammarella, más de medio siglo atrás, irrumpió en el Honorable Directorio... y en los oídos del país.

Mirándolo en perspectiva, uno siente que lo que se homenajea sobrepasa la política y tiene mucho que ver con la manera de estar parado como persona independiente.

Y más todavía lo siente en horas estremecidas por la partida de José Claudio Williman, abogado, profesor, servidor público blanco.

Muerte súbita, vida de agonía -lucha-, se angustió por el país. Supo ir de la historia a las ciencias sociales sin perder admiración ni sentimiento de grandeza; y terminó transitando del sentimiento de la historia a la filosofía política, en arco enriquecido por su cultura patricia, universitaria y liceal, desde la que edificó su noble vida. En lo que tiene de irremplazable Williman, profesor de todos, se reencuentra uno con el modelo humano de los partidos históricos.

Están repletos de pensadores que, como él, merecen el bronce.

Deberemos evocarlos cuando las luchas por principios, en vez de dejarlas a especialistas o encuestadores futurólogos, las recuperemos como cuestiones de conciencia de cada uno.

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