Una jornada de caos en aeropuertos de EE.UU.

| Desde temprana hora en la mañana se formaron interminables colas en las terminales de Washington y Nueva York

DANIEL HERRERA LUSSICH | CORRESPONSAL PERMANENTE | EL PAIS EN WASHINGTON

Poner un pie en uno de los salones del aeropuerto Foster Dulles en las afueras de Washington no resultaba nada fácil, lo mismo una hora y media después en el gigantesco Ronald Reagan, mas alejado, pero también normalmente con enorme tráfico aéreo. Y un panorama parecido se vivió en La Guardia y Kennedy en Nueva York.

Desde muy temprana hora, las radios y los informativos de la televisión , anunciaban que las autoridades británicas habían desbaratado un plan para hacer estallar en pleno vuelo sobre el Atlántico a 10 aparatos que, desde Londres, tuvieran como destino Estados Unidos.

El presidente George W. Bush por medio del vocero de la Casa Blanca afirmó, casi con las primeras luces del día, que "el terrorismo fascista sigue en actividad y es un error creer que no hay una amenaza contra Estados Unidos, todavía no estamos completamente seguros".

A su vez el director del FBI, Robert Mueller, y el jefe del Departamento de Seguridad Interna, daban cuenta que se habían adoptado medidas en los aeropuertos y que todo indicaba que la red terrorista Al Qaeda estaba detrás del operativo que hubiera costado la vida de miles de personas inocentes.

Las medidas de alertas rojo y naranja, máximos en la escala de peligros desde los atentados terroristas del 11 de setiembre de 2001, habían precipitado a los pasajeros a concurrir masivamente, aún varias horas antes de las necesarias, para no quedar afuera, si el número de vuelos fuera reducido por razones de seguridad.

Al aeropuerto sólo podían ingresar las personas que tuvieran a la vista el pasaporte o el pasaje, el resto cumplía con saludar al familiar o amigo y retirar el automóvil de las cercanías. Todo estaba abarrotado, más producto de la inquietud de la gente que de imprevisiones de las autoridades de ambos aeropuertos.

La verdad es que nunca habíamos observado una concurrencia tan grande en los amplios corredores del Aeropuerto, una masa humana en interminables "colas" en forma de tirabuzón de a cuatro personas, buscaba asegurar su lugar, muchos sin mirar las carteleras de vuelos para enterarse si había o no cancelaciones o largas esperas.

Esas colas, que parecían no tener fin y que con el paso de los minutos engrosaban, daban el respaldo total al que nos dijo: "si te detienes a la orilla del río Potomac, en las cercanías del aeropuerto, comprobarás que aterriza un avión cada 30 segundos". Y si esa división de pasajeros por avión se multiplicaba por la suma de partidas y llegadas acumuladas por demoras, aún faltaba mucha gente sumarse a lo que parecía un caos sin solución, pero que con el paso de los minutos, se veía que no era tal. La marcha era lenta, pero no se detenía. Solo había que tomar conciencia de que las esperas serian de horas y por cierto nada cómodas. Pretender un asiento o un lugar en el piso donde descansar eran ilusiones impracticables.

Ese mar humano, inquieto, preocupado, había desbordado las papeleras con frascos de perfume, botellas de refrescos, pasta de dientes, gel para el pelo, todo lo que repetidamente se difundía por los parlantes que no se permitía transportar. Los datos llegados de Gran Bretaña indicaban que en las valijas de mano camuflados los terroristas proyectaban llevar los líquidos o gelatinas que utilizarían para armar los explosivos en pleno vuelo.

Pero el gran porcentaje de pasajeros sólo lamentaba la espera y la inseguridad de la partida, pero todo con calma. En general el ciudadano americano es una persona tranquila y está preparada, especialmente después de los atentados contra las torres gemelas y el Pentágono, para sobrellevar situaciones extremas.

Sólo fuimos testigos de dos casos de personas que se pusieron bastante agresivas y hablaban en voz alta, casi a los gritos.

Uno se identificó como empresario argentino, que en medio del enojo porque no le podían confirmar la partida, exclamó, con alguna palabra más fuerte e hiriente en el medio: "¡veo que tiene razón mi presidente cuando los ataca!". Y también un francés, joven, que no admitía la suspensión del vuelo: "tengo que estar en Londres de cualquier manera" insistía e insistía ante la temerosa y desconsolada azafata. Finalmente un hombre de la seguridad, de raza negra, gigante, se acercó y no pudimos oír que le decía al oído, pero los gritos se transformaron en silencio en instantes.

El alerta rojo para los vuelos a Gran Bretaña está vigente, el naranja para otros destinos también, pero todo sigue andando con mayores y molestos controles inevitables de seguridad.

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