POR MARTHA AGUIAR
Menús diseñados por dietistas, integrados por platos que resultan nutritivos y a la vez tentadores al paladar de niños y adolescentes, presentan a diario las concesionarias que trabajan en los colegios privados de la capital. Un plantel de funcionarios dotados de paciencia y amor por los chicos es una de las condiciones indispensables para que esa tarea, de contención y alimentación, funcione a la perfección.
"Hola, Ricardo" es el saludo que, repetido por mil voces, recibe diariamente a la entrada del colegio Ricardo Bonomi, concesionario de la cantina del Elbio Fernández. Admite que es fundamental para trabajar con chicos recordar que también uno fue niño. Y que, como ellos, pretendía comprarse el kiosco entero con una moneda de cincuenta centavos.
"Los más chiquitos conocen las monedas por el color. Con una de las plateadas quieren comprar un chocolate de diez pesos (se ríe). Hay que explicarles: no te alcanza. Te podés llevar este caramelo. El chiquito dócilmente deja el chocolate y se va con el caramelo", cuenta Ricardo.
La mayoría de ellos estudia las golosinas de una forma meticulosa. No se les puede decir "apurate nene, porque la compra en el kiosco implica una gran ilusión. Lo mejor es decirle: ponete al costado de la cola, mientras pensás con qué quedarte".
Laura Isidori, nutricionista de Goddard Catering, y Graciela Antúnez, chef de la misma empresa, son las encargadas de la cantina del Colegio Sagrado Corazón (Seminario). Cuentan que el plato preferido es la pasta y el menos aceptado, el pescado. La carne tampoco está entre los favoritos, a menos que se trate de milanesas.
"Tratamos por todos los medios de servir comida que les guste: como el pollo a la portuguesa, ravioles, albóndigas con papas, lasañas, milanesas", explicó Ricardo, del Elbio.
En el Seminario se presenta una mesa con ensaladas que completa la comida del día. "Intentamos que las prueben, que no digan: no me gusta sin conocer el sabor. Allí se ve el comportamiento de la casa, hay chicos acostumbrados a la presencia de vegetales y otros no tanto. La ensalada imbatible es la de zanahoria, repollo y mayonesa. Les encanta. Sino, tomate y lechuga, es lo que aceptan", dijo Laura.
Ricardo Bonomi explicó que tratan de que el chico coma el menú, a menos que exista un problema de salud. "Intentamos convencerlo. Si tiene muchas opciones, termina por elegir la hamburguesa. Somos muy flexibles con los acompañamientos, buscándole la vuelta de modo que a ellos les guste."
MODALES. En los dos colegios consultados, la hora del almuerzo es mucho más que el tiempo de alimentarse. La idea es que los chicos aprendan a comportarse, relacionarse entre ellos fuera del aula y con los adultos que trabajan en la cantina. Bonomi, del Elbio, explicó lo siguiente: "El recreo es en la cancha. La cantina es un espacio donde pueden divertirse, pero con orden. Lo primero que aprenden es a respetar su tiempo y el de los demás, a la hora de hacer la cola para recibir el servicio. Ellos mismos se ubican. Si alguno se pasa de la raya, lo llaman al orden, a la manera de ellos. "Primero comemos y después vamos al recreo", dicen. Estar con chicas favorece el tiempo de la cantina, porque ellas disfrutan conversando y terminan por incorporar esa costumbre en los varones, que son más inquietos. Siempre trabajamos con el apoyo de la Directora Diosma Piotti y la Sociedad de Amigos de la Educación Popular".
Laura, del Seminario, explicó: "utilizamos un servicio self service. Los chicos preparan su bandeja, se sirven y la devuelven. Se ocupan de dejar todo en orden, tal como lo encontraron. También se hace hincapié en el buen trato que deben dispensar a los funcionarios".
El niño que en casa no come nada suele hacerlo en presencia de sus compañeros, mientras que el más gordito acepta que en el colegio no se puede repetir el plato. "Los chicos son chicos. Van tirando de la piolita, pero cuando ven que esta puede romperse, aceptan el límite que le imponen los educadores".