Jorge Abbondanza
E l milagro pasó desapercibido, porque lo barrió el diluvio de informaciones sobre la guerra en el Líbano. Ese milagro tuvo lugar en la República Democrática del Congo y consistió en las elecciones nacionales celebradas el domingo 30, que se desarrollaron con un orden capaz de pasmar a cualquier observador medianamente enterado de las guerras internas y anarquías que han golpeado a ese país durante décadas. Como la mentalidad imperialista sigue dominando el mundo a pesar del proceso descolonizador de hace medio siglo, las noticias sobre el Africa negra no ocupan un primer plano de atención, pero las elecciones en el Congo merecían los titulares que no obtuvieron, considerando la siniestra historia institucional de esa región.
Podían votar 25.700.000 personas, pero la tarea de organizar el comicio era descomunal porque el Congo tiene una superficie de 2.345.000 kilómetros cuadrados y sólo 500 kilómetros de rutas asfaltadas. La mayoría de los habitantes jamás había participado de elecciones libres, que no se realizaban desde 1965, de manera que se emprendió una enorme campaña de instrucción para que la gente aprendiera el mecanismo cívico, contando con los abrumadores índices de analfabetismo, aislamiento y pobreza que afectan a esa población. Sólo se produjeron algunos incidentes sangrientos, pero en general el acto fue un éxito que en parte debe atribuirse al control desplegado por los 17.600 cascos azules de la Misión de Naciones Unidas, entre los cuales figuran 1.500 uruguayos.
El Congo es un territorio fabulosamente rico en oro, diamantes, uranio y cobre, entre otros rubros, pero la penuria de sus habitantes debe explicarse a través del saqueo cometido por grandes empresas europeas desde fines del siglo XIX. Fue explorado inicialmente por cuenta del rey belga Leopoldo II, a quien perteneció desde 1885, aunque en 1908 el monarca legó la inmensa propiedad a su país. Pero antes se había ocupado de obligar a los nativos a trabajar en la explotación de las riquezas naturales, una campaña realizada a sangre y fuego que durante dos décadas se convirtió en uno de los mayores genocidios de la Edad Contemporánea, más numeroso que el de los judíos bajo el nazismo y sólo comparable a las cifras de muertos de la colectivización del agro bajo Stalin o a los millones de víctimas del Gran Salto Adelante en la China de Mao. Cien años después de esa hecatombe, los congoleños han ido a votar y lo han hecho como un pueblo civilizado.
Sin embargo, antes de llegar a esa instancia (cuyos resultados se conocerán dentro de tres semanas dada la complejidad operativa del escrutinio), el Congo había atravesado períodos muy azarosos desde la emancipación de Bélgica en 1960, incluido el asesinato de Lumumba, las tres décadas de dictadura de Mobutu y un par de guerras civiles entre 1998 y 2002 que cobraron cuatro millones de vidas. Las facciones en conflicto persisten dentro del martirizado panorama nacional, pero nada de eso impidió el sufragio ejemplar de estos últimos días, supervisado por 1.352 observadores internacionales.
El episodio parece un paso decisivo hacia la recuperación de la dignidad de ese pueblo africano y un esfuerzo como pocos para dejar atrás etapas tenebrosas. Cabe esperar que los intereses económicos no hagan naufragar a la nave congoleña.