Director y actor fetiche aciertan una vez más

La voz de Daniel Hendler en "off", narrando la rutina y los hechos cotidianos de su vida y la de su padre en el comienzo de Derecho de familia, nos instala enseguida en terrenos conocidos. En su quinta película, el director y guionista argentino Daniel Burman perfecciona su clásico y sobrio estilo y logra que su nueva incursión en un mundo que tiene bastante de autobiográfico resulte, a la vez, familiar y refrescante.

El actor uruguayo encarna a Ariel Perelman, abogado como su padre Bernardo (Arturo Goetz) y que en la primera parte de la historia conoce a su futura esposa y madre de su primer hijo. Ariel es un abogado diferente al padre. Mientras que el Perelman mayor dirige un estudio privado y recurre a distintas triquiñuelas para resolver casos, el Perelman Jr. prefiere dedicarse la abogacía pública y la docencia universitaria, en una actitud que él supone como más idealista y recta que la de su progenitor.

Aunque su padre lo invita a formar parte de su estudio, él prefiere mantener distancia. "Yo tengo un estilo, que no es el tuyo. Somos diferentes", le dice Ariel a Bernardo. Y aunque es cierto que se trata de dos caracteres únicos y particulares, Ariel descubrirá que había bastante más en común que lo que él imaginaba en un principio.

La nueva película de Burman trata, como la anterior (El abrazo partido), el tema de la paternidad. Sólo que en Derecho de familia el enfoque está ligeramente corrido, ya que el protagonista -al que muchos ven como el alter ego del director- ahora también es padre, con las responsabilidades que acompañan esa condición y la experiencia adquirida a fuerza de la repetición de las triviales y no tanto tareas familiares.

Talentoso tanto en su manejor de recursos como la voz en off, como en el uso de la música para subrayar o acentuar emociones o situaciones, Burman se destaca por lograr grandes desempeños de los intérpretes. Ya no es sorpresa ver una soberbia actuación de Daniel Hendler, o constatar que Adriana Aizemberg es encantadora y convincente. Pero tanto Goetz como Díaz resultan más que gratas sorpresas en la pantalla grande.

Y es gracias a la dirección de actores que Burman alcanza un magistral y medido dominio de la emotividad, de las demostraciones de afecto y amor, del gesto contenido por timidez o temor y de toda la gama de emociones que los personajes exhiben en la película, la mejor del director y su actor fetiche hasta la fecha.

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