FABIAN MURO
Prince es de esos artistas que cargan con la ambigua cruz de ya haber entregado lo más sorprendente de su obra, pero que aún tienen mucho talento para compartir. El geniecillo de las frías tierras de Minneapolis dejó una marca profunda, pero su incidencia en el pop actual se palpa mejor en la música de alguno de sus más talentosos herederos, como André Benjamin -del dúo de hip-hop Outkast- que en la suya.
Su reinado abarcó el período 1980-87. Entre esos mojones, Prince editó un disco por año, en un viaje que comenzó con el desenfreno sexual y hedonista de Dirty mind y culminó con la gran crónica política, social y espiritual del doble Sign`o`the times. Esa impresionante racha de creatividad ubica a Prince al lado de los más grandes, como Bob Dylan y The Beatles. Luego, la decadencia: el cambio de nombre a ese feo símbolo, peleas con el sello con el que había firmado un contrato récord, y demasiados discos alienantes.
El regreso al ruedo ocurrió hace dos años, con el disco Musicology y el ingreso al Salón de la Fama del Rock: a los 25 años de la edición del primer disco, Prince era elegible para el sello de "clásico" que viene adjunto con la inclusión. En la ceremonia, que también incluía póstumamente a George Harrison en ese Salón, Prince desempolvó su vieja Telecaster, aquella que usaba en la época de Purple Rain, hizo que se llorara por George durante la canción While my guitar gently weeps. La actuación de Prince en esa ceremonia se puede ver en Internet, en el sitio www.youtube.com. Si tienen ocasión, véanla: ahí se puede apreciar a uno de los más vitales y hambrientos guitarristas del rock, un músico cuyas cuerdas parecen querer abarcarlo todo y, de vez en cuando, dan la impresión de alcanzar la hazaña.
Ahora, vuelve con este 3121, segundo título numérico de su discografía (el primero fue 1999, de 1983). Desde la primera canción, la que le da título al disco, Prince establece otro puente hacia el pasado al retomar el alter ego femenino, Camille, que había presentado en Sign `o` the times, en canciones como Youthquake. No hay que dejarse engañar por el deliberadamente "kitschy" librillo que acompaña el disco. Las fotos de la Mansión Paisley Park trasuntan un gusto bastante feo, uno más cercano al de los mafiosos de cuarta de películas como Buenos muchachos y Casino, que a la música que asociamos al supremo principito del pop.
Ya sin aquellas pretensiones de hacer discos inagotables (y agotadores), Prince mantiene a raya sus desbordes musicales, como si hubiese descubierto el valor de la autocrítica y la concisión. En menos de una hora entrega doce canciones, varias de las cuales recuerdan a sus mejores tiempos. Sus temas ya no son aquellos que deslumbraban y dejaban perplejos a todos por sus innovaciones, vueltas de tuerca y exquisita musicalidad. Más bien, son como aún vívidos recuerdos de esa llama que ardía en todos aquellos instrumentos que tocaba para dar rienda suelta a su pasión carnal y la búsqueda de la trascendencia. Sin embargo, todavía queda algo de ese fuego y esa visión penetrante para desenterrar los tesoros que subyacen en ese cuerpo de apenas 1.60 de altura. En Musicology, eso ocurría en la canción Reflection, y aquí sucede en The word, tan buena que podría figurar en algunos de sus mejores discos, al lado de clásicos como Little red Corvette, Pop life o When doves cry.