JORGE ABBONDANZA
Hace 65 años, un informe periodístico que provenía de Inglaterra se publicó en el New York Herald Tribune y hacía notar la solidez del sistema de garantías en la sociedad británica. Señalaba que aún bajo los rigores del blitz, mientras Londres era bombardeado todos los días por la Luftwaffe, la policía sólo podía ingresar en una vivienda si disponía de orden judicial, pero en horas de la noche no podía hacerlo de ninguna manera. Ciertas estabilidades se mantenían en pie incluso en medio de la guerra mundial, y por eso con cierta ironía los propios ingleses observaron luego que el régimen hitleriano era absolutista pero no totalitario, ya que dejó intacto el personal de servicio doméstico en los hogares alemanes durante todo el conflicto, a pesar de las necesidades de reclutamiento derivadas del esfuerzo bélico. Había 1.500.000 mujeres trabajando como mucamas y cocineras al comienzo de esa guerra y al final el número era prácticamente igual. El verdadero totalitarismo -decían los ingleses- era el de Gran Bretaña, que movilizó a toda esa servidumbre para incorporarla a la industria armamentista.
Tales matices parecen ya datos arcaicos y han sucumbido con el paso del tiempo, a medida que los propios métodos de agresión armada se vuelven más difusos e imprevisibles. La amenaza que intimida a Occidente no consiste hoy en un ejército profesional y uniformado, sino en la hueste desplegada invisiblemente por un terrorismo que puede estar en cualquier lado, a cualquier hora y bajo cualquier rostro, amparado por las ventajas de la ubicuidad, las leyes del clandestinaje y las artes del disimulo. El sentido de la disciplina y hasta del honor militar ha dado paso a una confrontación subterránea donde ya nadie sabe de dónde procederá el ataque y quién descargará el golpe.
Esa nebulosa ha modificado muchas otras cosas. Las viejas sociedades libres, donde resultaba inconcebible que se ignoraran los derechos esenciales de la gente, como ocurría en la Inglaterra de 1941, se han convertido en comunidades tan asediadas por el miedo que aceptan cualquier dispositivo de seguridad aunque ello signifique recortar las libertades personales. Por eso el Reino Unido ha multiplicado su red de controles hasta alcanzar la inusitada cifra de 14.000.000 de cámaras de circuito cerrado para registrar todo movimiento de la gente en estaciones de subte, plazas, tiendas, paradas de ómnibus o baños públicos. Bajo la presión de una amenaza latente, los valores que antes eran intocables se han convertido en prescindibles. Lo grave es hasta qué extremo podrá llegar ese proceso.
Hace siete décadas, el novelista George Orwell anunciaba un mundo futuro donde la vigilancia del ciudadano alcanzaba niveles de pesadilla, describiendo una invasión de la intimidad que aludía al stalinismo soviético pero que también era propia de cualquier sistema policíaco. Siete décadas después ya no hace falta aquel modelo para inspirar a una moderna Inquisición. El Congreso norteamericano discute en estos días la masiva interferencia de llamadas telefónicas cometidas por el gobierno de Bush, que ha permitido armar un gigantesco centro de datos en poder de la Agencia Nacional de Seguridad, donde se guardan las grabaciones de decenas de millones de conversaciones privadas, logradas sin orden judicial. Lo preocupante es que una mayoría de la población aprueba tales violaciones, con lo cual queda claro que el futuro pintado por Orwell ya llegó.