María Antonieta Dubourg
En pocos días, empezarán las clases. Docentes y alumnos volverán a las aulas y, sin lugar a dudas, tendrán que enfrentarse con el lenguaje. Sin él, la comunicación no se establece. Y los formadores de personas no podrán alcanzar su cometido.
Si esperamos que las Autoridades de la Educación tomen cartas en el asunto, no tendremos suerte.
Aparentemente, nadie le da al idioma el valor que tiene. Nadie reconoce que es el pilar de la enseñanza. Nadie lo toma como tema imprescindible para lograr seres pensantes.
Pero, no siempre se necesita que el gobierno dé las pautas en cuanto a determinadas enseñanzas. Siempre hay métodos para lograr los fines que se creen importantes
La educación oficial puede argumentar que no tiene recursos suficientes para perfeccionar a sus docentes en lo que al lenguaje se refiere.
No es tan así: los fondos públicos aparecen cuando algo se considera imprescindible y este es un caso.
El mes de febrero parece el apropiado para que docentes (Primaria, Secundaria, Terciaria) se perfeccionen y se actualicen en relación al lenguaje. Si el Estado no les da los recursos para hacerlo, existen los libros, las bibliotecas, los cursos particulares y, para casi todos, Internet. Seguramente, en este último caso hay que ser más cauteloso en cuanto a la información que se consigue, pero basta comprobar quién la respalda para darla por buena o no. Hay, además, una enorme variedad.
La educación privada nada puede argumentar. Cuenta con el dinero para desarrollar cuántos cursos desee. Es más, tiene la obligación de hacerlos porque los padres la seleccionan porque la "creen" más efectiva que la pública y le confían la educación de sus hijos.
No hay diferencia fundamental entre educación pública y privada. La diferencia la establecen quienes la controlan y quienes trabajan en una y otra (que muchas veces son los mismos y lo hacen de distinta forma).
Lo que importa, en uno y otro caso, es que se tenga presente, que nadie puede conformarse con un título que habilite a enseñar. Que maestros y docentes deben seguir estudiando y la asignatura en la que tienen que estar más actualizados es el lenguaje. Serán incapaces de trasmitir conocimientos, si no se expresan correctamente.
Capítulo aparte merecen los docentes de la enseñanza terciaria. Son implacables jueces para los escritos de sus alumnos (y está bien que así lo sean), pero, en muchos casos, tampoco ellos escriben y hablan con corrección. Para opinar sobre lo que los demás hacen, hay que saber hacerlo y, sobre todo, hay que corregir, para señalar el camino adecuado y evitar que los errores se cometan nuevamente.
¿Qué universidad, pública o privada, perfecciona el idioma de sus docentes?
Me atrevo a decir que ninguna y me atrevo a decir, también que jamás se pasó por las cabezas de sus autoridades la idea de hacerlo.
El idioma está en constante evolución. Y a esos cambios hay que estar atentos.
Para eso, están los cursos dictados por especialistas, los diccionarios, la lectura y, sobre todo, el deseo de hablar y escribir correctamente.