JORGE ABBONDANZA
No hubo otro como él. Cuando uno conocía a Homero Alsina Thevenet, que murió ayer en Montevideo a los 83 años, sabía que nadie era capaz de escribir con la precisión y la agudeza que él desplegaba en sus notas, ante todo en sus críticas de cine. Hablaba con la velocidad de una ametralladora pero además era un erudito infalible en el manejo de fechas, nombres, títulos y demás datos, incluyendo la impecable ortografía de apellidos difíciles. Por encima de esa artillería, sin embargo, Alsina tenía un juicio sagaz, un enfoque irónico de los hechos y de la gente, un colosal manejo de puntos de referencia y un enfoque implacable sobre actores y realizadores, pero también sobre el resto del prójimo, a todo lo cual conviene agregar su inmenso gusto por el cine, que lo acompañó la vida entera.
Cuando quien esto escribe ingresó a la página de Espectáculos de El País hace cuatro décadas, Alsina era el jefe e imponía sus normas a los colaboradores con autoridad inapelable y bastante temida, incluyendo la lectura de cada nota y su corrección antes de publicarla. La segunda crítica que había encomendado a este cronista era sobre una película francesa que se excedía de metraje y una vez que él la leyó le dijo al flamante subordinado: "Su nota comete el mismo pecado que le reprocha a la película", de manera que el implicado no tuvo más remedio que cortarla. Lo que ocurría es que nadie como él tenía el don de la palabra justa, la frase corta y la opinión certera, pero los demás fuimos mejorando bajo su estupenda dictadura.
Alsina no dictaba ningún curso. Se aprendía leyéndolo, hasta correr el peligro de mimetizarse con su modalidad expresiva por la seducción que ejercía esa prosa. Entre sus rasgos de estilo figuró siempre la claridad, con lo cual al escribir cumplía con uno de sus principios básicos, que consistía en que una crítica debía estar al servicio del lector y no de la vanidad de quien la firmaba ni del grupito de colegas que pudiera discutirla. Por eso era enemigo de utilizar la primera persona del singular, tendencia que se ha contagiado obedientemente a sus discípulos.
Era un especialista que disfrutaba más el cine clásico que el innovador, un ojo sensible con más gusto por la vieja escuela que por los transgresores de las últimas décadas, de manera que combatió duramente las teorías del cine de autor empecinándose en la divulgación de las tradicionales estructuras del cine industrial, donde el director era sólo un engranaje dentro de la enorme complejidad de los mecanismos de producción. No hubo nadie capaz de moverlo de ese punto de vista, pero lo defendió irresistiblemente, aunque esta última palabra es uno de esos largos adverbios que él cuestionaba. Había debutado en el periodismo de pantalón corto, colaborando a fines de los años 30 en Cine Radio Actualidad, bajo el ala de su venerado Arturo Despouey, pero luego de una etapa en el semanario Marcha ya estaba en los años 50 y 60 a cargo de la página de Espectáculos de El País, en lo que fue quizás el período culminante de su homérica trayectoria.
Al cabo de esa etapa se radicó en Buenos Aires, donde le habían hecho tentadoras propuestas laborales. Allí ocupó cargos destacados en algunas publicaciones, aunque en los 70 pasó por algún tiempo a vivir en España. Después volvió a Buenos Aires, pero en los 80 regresó a Montevideo y a El País, donde dirigió desde entonces su espléndido suplemento cultural de los viernes. Por encima de la maestría era un trabajador indomable, cuyo rendimiento no sufrió mella con el paso de los años, enarbolando una rutina casi heroica que él no valorizaba porque jamás permitió que la autoestima atravesara su lacónica discreción o sus respuestas monosilábicas. Para encontrar la calidez que guardaba en el fondo, por detrás de esa seca fachada, había que conocerlo muy bien, con lo cual uno podía finalmente atravesar la apariencia, festejar con alguna sonrisa sus muestras de rigor y obtener a cambio una chispa en la mirada que era el indicio de una afectividad sólo visible para poquísimos iniciados.
Su talento periodístico ha quedado grabado en la presteza con que manejó la noticia urgente, en el virtuosismo con que su lenguaje pasaba de la admiración al sarcasmo, en la tenacidad para apoyarse en una información debidamente chequeada y en el respaldo de fuentes confiables. Era terrible para detectar erratas ajenas y tenía una habilidad endiablada no sólo para encontrarlas sino también para señalárselas al responsable. Al mismo tiempo era un maestro capaz de indicar a los colaboradores que el lector se gana o se pierde en la cuarta línea de una nota y que no conviene divagar sino "empezar diciendo tac". Ese maestro disponía de una memoria privilegiada y sin embargo siempre enseñaba que con la memoria no basta y que es mejor complementarla con los libros de consulta.
Con él se extingue un linaje de críticos que no sólo en cine enriquecieron un período de florecimiento de la cultura local y que tuvo en él a uno de los ejemplares luminosos, el hombre que descubrió a Bergman hace 53 años y el que supo ennoblecer la memoria de Von Stroheim, de Renoir, de Wyler o de John Ford. Integró jurados en festivales internacionales y conquistó un prestigio muy extendido por el mundo. Escribió asimismo una hilera de libros, desde un grueso volumen sobre el Oscar hasta la Enciclopedia de Datos Inútiles, y se mantuvo en su actividad durante 65 años, a pesar de lo cual el Uruguay no le concedió distinciones, medallas ni reconocimientos oficiales, de manera que corresponde desanimar a los que piensen en homenajes póstumos, que sólo sirven para calmar a las conciencias tardías.
Cuando uno hablaba con él de algún problema, contestaba socarronamente "La vida no es fácil". Y ahora este colega que fue su amigo durante cuarenta años pero nunca llegó a tutearlo, debe decirle que la vida será menos fácil sin él. Adiós, Alsina.