Visita Real, que no importó ni medio

El corresponsal permanente de El País en Washington —Daniel Herrera Lussich— envió hace unos días una exhaustiva crónica de la reciente visita a los Estados Unidos de América, que realizaran el Príncipe Carlos y la Duquesa de Cornwall.

La famosa pareja aprovechó la "ganga" de ausentarse de su agitada vida londinense por ocho días, abonando tan sólo 445 mil dólares: en ese precio (oferta promocional para excursiones populares) estaba incluido el placer de invitar a una patota de gente mac... anuda, en total 14 personas, entre los cuales figuraban peluquera, maquilladora, masajista y modista, que actuaban en turnos de tres horas cada una, (12 horas diarias, en total) peinando, masajeando con palote de amasar y vistiendo a Camilla, dejándole medio día libre para dormir, comer, pasear y complementos varios. Pero, lo importante era que luciera dondequiera que se presentase, para satisfacción y gloria de su noble marido noble, que la contempla embobado, desbordante de amor, como lo ha venido haciendo desde antes de conocer a Diana, casarse con ella y enviudar.

Al parecer, "los Car-Ca" (Carlos y Camilla) no despertaron mucha atención entre los norteamericanos, preocupados en esos días por la eventualidad de que su presidente volviera envuelto en la bandera de la patria tras su asistencia a la IV Cumbre de las Américas. Al Príncipe de Gales se le vio caminar algo encorvado, pero no por la carga de los años (57 canta de mano) sino por el peso de las abundantes medallas que sacó del empeño para mostrarlas en la ocasión. En cambio, a Camilla se le apreció con la cabeza pesada... con un sombrerazo modelo plato volador que, felizmente, en su tránsito hacia los hombros fue frenado graciosamente por las orejas, con lo que la condesa pudo observar algo de lo que ocurría a su alrededor. Llevó en sus valijas 50 vestidos, que oficiaron de envases alternativos y demostraron que ella es capaz de ponerse cualquier cosa a cualquier hora, y quedar siempre ataviada como una institutriz. A propósito de tal vestuario, se vio lucir la grifa de Valentino... nombre célebre del cine mudo, representativo —como ningún otro— de una época a la que parecían pertenecer los modelos de la condesa.

La pareja hizo diversas visitas, en las que exhibió luces y sombras. Tal vez por efectos de la implacable fatiga viajera, ambos cayeron en distracciones. Carlos —por ejemplo— se despistó cuando un periodista le preguntó (con relación a la prédica que lleva a cabo en defensa del medio ambiente) si cree que Estados Unidos accederá en algún día de este siglo, a firmar el Tratado de Kioto, y si podría servir que, a esos fines, él (Carlos) dialogara con George W.: "Lo intentaré" —contestó—: Al cierre de la visita, "The Washington Post" comentó que "el heredero británico parece, al fin, contento y relajado". En este último aspecto, suele verse a su hijo menor, Harry, que arma cada relajo de órdago.

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