Para proteger a Bush de la izquierda bananera reunida en Argentina han sido necesarios 7.500 policías y tres vallas. Desde Pérez Esquivel, Premio Nobel de la Paz y Hebe de Bonafini, madre de la Plaza de Mayo y madrastra de los terroristas etarras, hasta el pibe Maradona, futbolista genial que tiene en los pies su mayor talento, lo más granado del radicalismo folclórico se ha dado cita en Mar del Plata para pedir la cabeza de George Bush.
La protesta no es sorprendente. Tras la caída del Muro de Berlín y la desaparición de la URSS, la izquierda en casi todo el planeta ha dejado de presentar opciones de gobierno o teorías serias sobre el desarrollo y la equidad para pasar a refugiarse en la protesta. El disturbio y la algarabía han sustituido a la reflexión. Los enemigos de la globalización explican sus ideas destrozando MacDonalds a pedradas. Los anticapitalistas le arrojan un pastel a la cara al presidente del FMI. El antiamericanismo se ha convertido en ideología. Los verdes salen a la calle con caretas antigás. Los comunistas han cambiado la lectura de El Capital por las camisetas del Che y la recitación a coro de breves consignas mal rimadas. La izquierda hoy sólo es circo y violencia callejera.
Pero esa estrategia, unida a la corrupción y a los disparates de muchos gobiernos, ha calado hondo, especialmente en América Latina, donde cada vez son más los ciudadanos que desprecian la democracia como método de organizar la convivencia y la economía de mercado como modo de crear y asignar riquezas. En casi toda la región se ha revitalizado el populismo en cualquiera de sus dos variantes: la por ahora tranquila y vegetariana que postulan Lula, Tabaré Vázquez y Kirchner, y la feroz y autoritaria que defienden Chávez y Castro.
Hace once años, cuando en 1994 se organizó en Miami la primera Cumbre de América, la atmósfera era totalmente diferente. Recuerdo haber tenido entonces una larga conversación con el presidente argentino Carlos Menem y su canciller Guido Di Tella, de la que podía deducirse que América Latina había arribado a la mayoría de edad y tomaba el mismo sendero sensato y razonable que el primer mundo. Nadie ponía en duda que al desarrollo y al fin de la pobreza se llegaban mediante el comercio libre, el mercado y la cooperación internacional, como habían hecho España, los cuatro dragones de Asia y otras naciones exitosas. Dentro de ese contexto, el ALCA que anunciaba el presidente Clinton abría la puerta a la esperanza.
Existía, además, un plano para llegar a buen puerto: el llamado Consenso de Washington. Por medio del control de la inflación y de la masa monetaria, equilibrio fiscal, reducción del gasto público, apertura al comercio internacional y privatización de las actividades empresariales del sector oficial, se lograría el crecimiento sostenido y la disminución de la miseria. Y no era esa una receta sólo para el tercer mundo, pues la propia Europa se exigía estos mismos comportamientos dentro de la Unión. Sencillamente, era así como se gobernaba sensatamente en la frontera del siglo XXI.
Pero en América Latina, en general, las cosas ocurrieron de otro modo. El arraigo de la cultura populista era tan fuerte, que no se logró controlar el gasto público, ni en algunos países fue posible privatizar las ruinosas empresas públicas, mientras en otros los procesos de privatización fueron unas escandalosas formas de corrupción y peculado que muchas veces se limitaron a convertir en monopolios privados lo que antes eran monopolios estatales, pero sin permitir el libre juego del mercado.
En Mar del Plata, pues, se enfrentaron la risueña visión original de la primera Cumbre de las Américas, hace más de una década, y la más sombría que hoy sostiene medio continente tras un periodo de frustraciones y fracasos. Es verdad que todavía queda Chile como muestra de que la libertad política y económica, cuando van de la mano, consiguen el milagro del desarrollo y mayores niveles de equidad, pero el pronóstico más razonable apunta al pesimismo. Como los brasileños dicen con sorna de su propio país: América Latina es el continente del futuro. Y siempre lo será.
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