JORGE SAVIA
Más allá de lo que pueda sugerir, muy relativamente —y casi en un plano meramente "cabulero"— la estadística de los resultados cosechados por los equipos dirigidos por Guus Hiddink ante rivales uruguayos, pasando por la noche negra que tuvo el Valencia en 2000 cuando Fonseca le metió 5 goles en un partido y fue eliminado de la Copa UEFA por el Nápoles, la trayectoria del actual técnico de Australia deja entender que el holandés es uno de esos entrenadores que representan un plus para los cuadros que comanda. No en balde —también más allá de algunos favores arbitrales que, como todo locatario, recibieron los coreanos— clasificó a dos países (Holanda en 1998 y Corea en 2002) entre los cuatro primeros lugares en los dos últimos mundiales.
Hay que tener en cuenta, entonces, que en este caso puede ser relativo aquello que sentenció el "Negro Jefe" (Obdulio Jacinto Varela) antes de la épica final de Maracaná en 1950: "los de afuera son de palo". Algo debe tener Hiddink, al fin y al cabo, para que le haya pasado lo que le pasó con los coreanos, tal como lo admitió el propio técnico a la revista de la FIFA hace dos años: "No me siento muy a gusto con el papel de héroe, dios o mago que me han dado. Soy sólo una persona normal que tuve la fortuna de brindar, con trabajo y la ayuda del equipo, alegrías a la gente. En ocasiones llegué a pensar en cometer dos o tres errores sin importancia, para que la gente pudiera ver que soy una persona más. Porque en Corea la euforia en torno a mi persona tomó un cariz excesivo, al punto que muchos me consideran el libertador nacional. Tan es así que hoy muchos coreanos visitan mi ciudad natal en Holanda para ver por sus propios ojos dónde nací y pasé mi infancia".
Además, hay un aspecto muy claro: con Australia no podrá aplicar a rajatabla la misma fórmula que le dio buenos resultados con Corea, por ejemplo, porque ahora siguió dirigiendo al PSV Eindhoven de su país y recién empezará a trabajar "a full" con los "socceroos" a partir de esta semana, mientras que con los asiáticos el propio holandés admitió que "no hubo recetas milagrosas y lo que logramos fue el resultado de un trabajo duro y bien planificado, ya que pude trabajar durante 10 meses con toda la escuadra"; sin embargo, esa experiencia anterior indica que Hiddink no es un entrenador de limitarse a acomodar el cuerpo al medio que lo contrata, sino que "mete mano" a fondo, y no sólo en lo relativo al funcionamiento de su equipo adentro de la cancha: "No fui a Corea a cambiar la sociedad, pero al principio muchos coreanos tuvieron dificultades con algunas de mis novedades. No reparé en la jerarquía, que es un principio que tiene muchísima importancia entre ellos, sino que traté a los jóvenes igual que a los demás, otorgándoles los mismos derechos y deberes, y ordenando que los más inexpertos no comiesen en mesas distintas que los veteranos. Les costó un poco adaptarse pero enseguida comprendieron que lo hacía por su bien y logramos que los jugadores se comunicaran mejor entre sí, algo que no hacían porque los jóvenes no se atrevían a participar por respeto a los veteranos".
Seguramente, Guus Hiddink vendrá ahora con Australia a plantear aquel mismo 3-5-2 (y 3-5-1-1 por pasajes) con que en 2001 vino con Corea e hizo que los asiáticos fueran un hueso muy duro de roer para la selección de Passarella, que terminó ganando por 2-1 un amistoso de trámite apretadísimo que se disputó en el Centenario. Y aunque el propio técnico reniega del carácter divino que aún hoy le dan los coreanos, los 2 millones de dólares que le pagaron de premio por llevarlos al 4º puesto en el último Mundial se corresponden con su afirmación de que "hasta a mí me sorprendió esa posición; para ellos fue un milagro".
En una palabra: Hiddink no es Dios, pero hará falta muchísimo más que la inmensa fe religiosa de Fossati para ganarle a "su" Australia.