No hay abuelo que no tenga secretos ni nieta que no quiera conocerlos

| Critica | Carlos Reyes EL VIENTO Guión. Eduardo Mignogna, Graciela Maglie Dirección. Eduardo Mignogna Fotografía. Marcelo Camorino Música. Juan Ponce De León Actores. Federico Luppi, Antonella Costa, Pablo Cedrón, Mariana Briski, Esteban Meloni l Argentina, España

Cuando en las primeras imágenes de El viento aparece el ataúd que lleva los restos de la madre, el espectador puede pensar que se trata de una película efectista que apela a impresionar por medio de lo truculento. Nada más alejado de la realidad. A partir de ese momento, y en el correr de los siete días corridos que demanda esta historia, el público es llevado por una serie de sensaciones y reflexiones, a la vez que recorre una anécdota entretenida, sin grandes acciones y con grandes descubrimientos hacia el interior de los personajes.

Frank Osorio (Federico Luppi) es padre de la finada, y al morir ésta se levanta para él un secreto que había guardado durante tres décadas. Hombre de campo en su aspecto y en sus férreos principios morales, abandona por primera vez su Patagonia natal y sale rumbo a Buenos Aires a comunicarle a su nieta que la madre de ella murió repentinamente.

Allí la película cambia abruptamente de tono, ubicándose en una ciudad alocada, aunque visualmente siempre atractiva. El abuelo encuentra a su nieta en la mitad del camino entre una joven y una persona adulta. Profesionalmente es una médico que está acostumbrada al vértigo de lidiar con delincuentes que llegan con un disparo que los colocó al borde de la muerte. Emocionalmente, sin embargo, recién se abre a vínculos afectivos fuertes y al vértigo, aun mayor, de tener que construir su propia identidad.

En esa operación no le ayuda para nada su condición de hija natural, y a la muerte de su madre se dispara en ella la necesidad de averiguar la historia de su origen. Pero hay en esa búsqueda más un reclamo afectivo que moral, aspecto que se va acentuando a medida que la difícil convivencia entre el apacible abuelo campesino y la nieta de vida convulsionada (también sexualmente) va deviniendo en una lección de vida.

Al contraponer esos dos ritmos de vida, que también son dos formas de manejarse en el mundo, el director no sólo crea un panorama sintetizado de los universos rurales y urbanos, sino que expone dos ritmos distintos de filmación, alternando la parsimonia del campo con cierta histeria de la ciudad. El abuelo (que Luppi aprovecha para una actuación medida y contundente) va facilitando a la joven pequeños recuerdos de familia, algún objeto que perteneció a la madre y un conjunto de cartas que administradas con ingenio por un guión que siempre guarda una sorpresa, genera un clima intimista con continuas revelaciones.

Tras esa pequeña historia de vida se oculta una tragedia, un antiguo homicidio directamente vinculado a ella. Porque el gran mérito de esta película es describir un conjunto de historias que se entrelazan —como sucede en la realidad de cualquier familia—, siendo a la vez peripecias vitales separadas, aunque unidas por un pasado en común. Como telón de fondo, la delincuencia y la injusticia, pero también la amistad y la comprensión, agregan elementos para involucrar emocionalmente al espectador.

Al margen del buen manejo de los tiempos narrativos y del perfil nítido de sus personajes (también entran en juego un médico, que interpreta Pablo Cedrón y la amiga de Alina, a cargo de Mariana Briski, en un papel muy cálido), este trabajo tiene su punto más alto en el efecto de espejo que, entre pasado y presente, se da entre la historia de una joven y la de su familia. Lógico que a alguien le puede rechinar la presencia de ciertas frases hechas que salpican en guión, pero no hay que tenerle miedo a los lugares comunes del lenguaje, si junto a ellos se comunican sentimientos profundos y creíbles.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar